EL RENACER DETRÁS DEL DELANTAL MORADO: SU ESPOSO LA LLAMÓ CRIADA BARATA QUE DABA NÁUSEAS Y SE BURLÓ DE ELLA CON SU AMANTE REBECA, PERO EN LA GALA CORPORATIVA SE TRAGÓ TODAS SUS PALABRAS

CAPÍTULO I: EL SILENCIO DE TERESA Y LOS AÑOS INVERTIDOS EN UN HOMBRE SIN MEMORIA
Durante nueve largos años de matrimonio, Teresa había entregado los mejores días de su juventud, el patrimonio que le habían dejado sus padres al fallecer y hasta el último aliento de su fuerza física con una sola misión en la vida: levantar desde el suelo y construir el éxito profesional de su esposo, Octavio. Cuando recién firmaron el acta matrimonial y Octavio no era más que un cobrador eventual que caminaba por las calles con las suelas de los zapatos rotas y las deudas ahogándole el cuello, fue Teresa quien se puso al frente del hogar levantándose a las tres de la madrugada para preparar comida casera por encargo, limpiar oficinas ajenas y lavar docenas de ropa a mano hasta que el jabón corriente le agrietaba la piel de los dedos.
Mientras Octavio asistía tranquilamente a sus clases nocturnas en la universidad privada y a sus seminarios de negocios con el estómago lleno y las camisas impecablemente planchadas, Teresa pasaba catorce horas diarias frente al vapor ardiente de las ollas y el olor penetrante del cloro y el ajo en la cocina[cite: 4]. Jamás separó un solo billete para comprarse una joya, ni un perfume fino, ni para sentarse en un salón de belleza; cada moneda que salía del sudor de su frente iba directamente a pagar las colegiaturas de Octavio y a comprarle los elegantes trajes color vino tinto oscuro con los que finalmente logró colocarse como director de finanzas en un prestigioso consorcio inmobiliario[cite: 4].
Sin embargo, bastó con que Octavio empezara a cobrar cheques de alto ejecutivo y a frecuentar restaurantes de lujo para que la gratitud se borrara por completo de su mente y su corazón se llenara de una soberbia helada, clasista y despiadada. Avergonzado de la mujer humilde que lo había mantenido durante casi una década, comenzó a tratar a Teresa dentro de su propia casa peor que a una sirvienta sin sueldo[cite: 4]: le exigía la cena servida al minuto exacto, le aventaba los platos sucios en el fregadero y le repetía todos los días con gesto de repulsión que no gastara dinero en arreglarse porque «una mujer con facha de cocinera ni aunque vuelva a nacer aprende a tener porte de dama».
Apagada por tantos años de humillaciones psicológicas y encerrada día y noche en los quehaceres domésticos, Teresa fue dejando en el olvido su propia vanidad. A sus treinta y un años de edad, pese a poseer un rostro hermoso de facciones nobles, ojos profundos y una abundante cabellera negra lacia, pasaba las tardes con el pelo recogido en dos colitas bajas despeinadas atadas con ligas rojas, vistiendo una camiseta holgada color gris ceniza deslavado, pantalones anchos azul marino, chanclas verdes de goma y un viejo delantal morado con cuadros blancos[cite: 4].
Guardado bajo llave en el rincón más oculto de su armario, dentro de una funda protectora que nadie tocaba, conservaba intacto un majestuoso vestido de gala en satén color dorado champán con bordados de encaje fino en el corsé que había comprado años atrás con los últimos ahorros de su trabajo, soñando con celebrar un aniversario de bodas al que Octavio jamás se dignó llevarla[cite: 4].
CAPÍTULO II: EL INSULTO FRENTE AL FREGADERO Y EL DESPRECIO DESPIADADO
Aquella tarde de viernes, cuando el reloj marcaba las seis y media, Teresa se encontraba de pie frente al fregadero de la cocina lavando una pila de platos blancos con las manos cubiertas de espuma de jabón[cite: 4]. De pronto, los pasos firmes de Octavio resonaron por el corredor[cite: 4]. El hombre apareció en la puerta de la cocina luciendo su impecable traje formal color vino tinto oscuro, camisa blanca de vestir y corbata negra, arrugando el rostro con una mueca de profundo asco al verla frente al lavaplatos[cite: 4].
—¡Teresa, suelta esos platos y lárgate a bañar, asquerosa, que hueles a pura basura y ajo! —le gritó Octavio señalándola con el dedo índice cargado de desprecio, exigiéndole que se arreglara de inmediato porque esa noche había una cena de gala en la empresa y el presidente había ordenado que todos los directivos asistieran acompañados de sus esposas[cite: 4].
A pesar de las palabras tan brutales e hirientes con las que su marido la insultaba, el corazón de Teresa dio un vuelco de ilusión inocente al
0 comentarios