ME DESTROZARON EL CORAZÓN: EL LLANTO DESGARRADOR DEL PADRE QUE DEJÓ SU VIDA CRIÁNDOLA DESDE LOS CINCO AÑOS ANTES DE CANCELAR SU UNIVERSIDAD Y ECHAR A SU ESPOSA Y A SU HIJASTRA CON EL VAGO DEL PADRE BIOLÓGICO

CAPÍTULO I: LOS AÑOS DE JUVENTUD QUE UN HOMBRE BUENO ENTREGÓ POR UNA HIJA AJENA
En la próspera región agrícola y ganadera de San Miguel del Valle, cualquier vecino que pronunciara el nombre de don Mateo Samaniego lo hacía quitándose el sombrero en señal de respeto hacia su bondad, su honradez intachable y su corazón de oro. A sus sesenta y cinco años de edad, aquel propietario de una distribuidora de fertilizantes, forrajes y equipos para el campo, de cabello completamente canoso peinado hacia atrás y arrugas profundas marcadas por décadas de esfuerzo bajo el sol, había dedicado los últimos diecisiete años de su existencia a amar, proteger y sostener el hogar que formó con Raquel —una mujer veinticuatro años menor que él, de cabellera negra azabache en trenza alta, figura llamativa y vanidad desmedida— y con la pequeña Fabiola, a quien Mateo había recibido en sus brazos cuando apenas era una niña indefensa de cinco años de edad.
Aquella historia de amor paterno había comenzado diecisiete años atrás, cuando el padre biológico de la niña, un sujeto vividor, jugador de cartas y enemigo del trabajo honrado llamado César, abandonó a Raquel y a su hija de cinco años dejándolas en la calle tras perder en una noche de apuestas hasta el dinero de la leche y el alquiler. Cuando don Mateo las conoció meses más tarde, no solo las rescató del desamparo casándose con Raquel y llevándolas a vivir a su amplia residencia familiar, sino que abrió su pecho para entregarle a Fabiola el cariño más puro, tierno y sacrificado que un padre puede sentir por una hija.
Mientras Raquel pasaba las mañanas durmiendo y las tardes en salones de belleza comprando vestidos ajustados color amarillo canario, joyas y perfumes caros con el dinero que salía de las bodegas de su marido, don Mateo vivía exclusivamente para su niña. Fue él quien aprendió a preparar papillas y caldos calientes cuando Fabiola enfermaba del estómago a los seis años; fue él quien caminaba bajo el aguacero con su paraguas cubriendo únicamente a la pequeña para que llegara seca a la puerta de la escuela primaria; y fue él quien se quedaba despierto hasta la medianoche ayudándola a pegar recortes y maquetas escolares aun cuando su espalda anciana le dolía por haber cargado sacos pesados en el almacén durante todo el día.
Cuando Fabiola cumplió diecisiete años y anunció que quería estudiar la carrera de Negocios Internacionales y Comercio Exterior en la universidad privada más costosa y exclusiva de la capital —donde cada semestre, sumado a los viajes académicos y matrículas especiales, superaba los quince mil dólares—, a don Mateo se le llenaron los ojos de lágrimas de orgullo. Sin importarle sacrificar sus propios ahorros de vejez y posponer su jubilación cinco años más, don Mateo pagó puntualmente cada semestre desde su cuenta bancaria personal.
Sin embargo, medio año antes de la ceremonia de graduación, César —aquel vago que la había dejado en la calle a los cinco años— regresó a la ciudad vistiendo sacos color gris grafito comprados al fiado y presumiendo riquezas falsas. Don Mateo, llevando una procesión de dolor silencioso por dentro, había descubierto semanas atrás por medio del vigilante de su propia calle y los estados de cuenta bancarios que su esposa Raquel seguía viéndose a escondidas en moteles con César, manteniéndolo con el dinero que le sacaba de la caja chica del hogar. Y lo más cruel de todo: entre ambos le habían envenenado el corazón a Fabiola, haciéndole creer que su padre biológico era un próspero empresario y que era él quien depositaba en secreto las colegiaturas de la universidad, mientras se burlaban de don Mateo llamándolo un «viejo cansado y arrimado».
A pesar de tener el alma herida por la traición de su esposa, don Mateo guardaba en su corazón de padre la esperanza de que su niña, aquella a la que había criado con tanto amor desde los cinco años, lo defendiera y le diera su lugar el día de su graduación. Esa mañana dejó programado el pago final de dieciséis mil dólares para liberar su título universitario y llevó guardado contra su pecho un gran sobre amarillo de papel manila con el fruto de toda su vida de trabajo: las escrituras pagadas de contado de una agencia aduanal propia para su hija y las llaves de un automóvil último modelo.
CAPÍTULO II: LA TERNURA PISOTEADA Y EL EMPUJÓN QUE HIZO LLORAR A UN HOMBRE NOBLE
Los jardines centrales de la universidad resplandecían bajo el cielo despejado, colmados por una multitud de familias orgullosas, música festiva y arcos de globos. En el centro del césped, Fabiola, de veintidós años, lucía su toga y birrete color verde pino oscuro con estola blanca y borla plateada, riendo feliz mientras sostenía su teléfono celular rosado para tomarse selfies abrazada de su padre biológico, César, quien posaba con aires de millonario en su saco color gris grafito sobre camisa blanca abierta. A su lado estaba Raquel, ataviada con un ceñido vestido color amarillo canario sin mangas y los labios pintados de rojo rubí, recargada coquetamente en el brazo de su exmarido y amante.
Caminando despacio entre la concurrencia con su camisa formal manga larga color vino tinto y pantalón beige, don Mateo se acercó al grupo sintiendo un nudo de emoción en la garganta al ver a su niña convertida en toda una profesionista. Parándose directamente de frente a los tres y mirándola con los ojos húmedos de ternura paterna, don Mateo le habló con el corazón en la mano:
—Hija de mi alma, qué orgullo tan grande siento de verte graduada… mi niña, regálame ahora una foto contigo.
En cuanto escuchó aquella voz quebrada de cariño, Fabiola bajó el teléfono celular rosado, arrugó la cara con un gesto de profundo asco y, parándose frente a él, le dio un empujón despiadado con ambas manos en el pecho a aquel hombre de sesenta y cinco años, haciéndolo retroceder delante de todas las familias presentes.
—¡Quítate de aquí, viejo arrimado! —le gritó Fabiola en la cara con una crueldad helada—. ¡Me das vergüenza frente a toda la universidad, yo solo quiero fotos con mi padre de verdad, no contigo!
Don Mateo sintió como si le hubieran arrancado el corazón en vivo, pero antes de que pudiera articular palabra, su esposa Raquel dio medio paso al frente sin soltar a César, lo miró de arriba abajo con profundo asco y agitó la mano para correrlo como a un perro:
—¡Ay, Mateo, das pena ajena! ¡Ya lárgate de aquí y deja de hacernos pasar vergüenzas, que hoy está aquí César, el verdadero padre de mi hija!
Y para completar la humillación, César soltó una carcajada burlona en la cara de don Mateo, estiró el brazo y le dio un empujón humillante en el hombro mientras se reía a gritos frente a toda la multitud:
—¡Jajaja! ¡Ya las oíste, anciano! Aquí sales sobrando, mejor vete a cargar costales de abono a tu bodega vieja y déjanos festejar en familia.
Las decenas de familias y graduados que rodeaban el jardín quedaron mudos de indignación al presenciar cómo aquellos tres humillaban y empujaban sin compasión al anciano que solo pedía una fotografía con la hija que había criado.
CAPÍTULO III: EL SOLlozo DEL ALMA Y LA SENTENCIA IMPLACABLE FRENTE A SUS CARAS
Parado frente a frente con los tres, mirándolos directamente a los ojos a un metro de distancia sin darles jamás la espalda, don Mateo sintió un dolor tan profundo en el pecho que tuvo que llevarse la mano izquierda al corazón. Sus labios temblaron de tristeza pura y un llanto amargo y silencioso brotó de sus ojos cansados, bañando sus mejillas arrugadas con lágrimas reales.
En ese segundo pasaron por su mente los diecisiete años de desvelos, las medicinas que le dio de niña y los años de juventud que había dejado en el almacén para pagar aquella toga verde pino con la que hoy lo despreciaba. Con la voz completamente rota en un sollozo desgarrador que partió el alma de todas las madres presentes en el jardín, don Mateo los miró a la cara y clamó desde lo más hondo de su pecho:
—¡Me destrozan el corazón! ¡Por Dios santo, me destrozan el alma! ¿Por qué me pisotean y me humillan así frente a todo el mundo, si yo te crié entregándote mi vida entera desde que tenías cinco años?
Al ver que Fabiola y Raquel solo torcían los ojos con fastidio y que César seguía sonriendo con burla cínica ante sus lágrimas, el dolor de don Mateo se convirtió en una determinación de hierro. El hombre de sesenta y cinco años se secó el llanto con el dorso de la mano, enderezó los hombros con la dignidad herida de un padre traicionado y sacó su teléfono celular del bolsillo.
Mirándolos fijamente a la cara a menos de un metro, marcó el número directo de su banco empresarial y activó el altavoz al máximo volumen:
—Gerente, le habla Mateo Samaniego. ¡Cancelen, cancelen todo en este mismo segundo! Tanto el regalo de graduación que tenía puesto a nombre de mi mala hija como todos los pagos de su colegiatura y titulación que salieron de mi cuenta. ¡Revóquenlo todo ahora mismo!
La sonrisa burlona de César se congeló en el acto y Fabiola sintió que la sangre se le helaba en las venas. Enseguida, don Mateo guardó el teléfono y apuntó con su dedo índice directamente a la cara de su esposa Raquel y de César:
—¿Y qué tú crees, Raquel, que porque tengo sesenta y cinco años soy imbécil, y que yo no sabía que seguías viéndote a escondidas con ese vago mantenido gastándote mi dinero con él? ¡Pues para que sigan muy felices con su vago, desde que salgan de aquí vayan a recoger toda su ropa, que de mi casa se van las dos hoy mismo a vivir con él!
CAPÍTULO IV: EL RUEGO FALSO, EL EMPUJÓN DE JUSTICIA Y LA HUIDA DEL COBARDE
Aquella revelación cayó como un trueno sobre los tres traidores. Al escuchar que don Mateo sabía todo sobre su aventura clandestina y que acababa de echarlas a la calle para que él las mantuviera, César soltó de golpe la cintura de Raquel con cara de terror absoluto y retrocedió tres pasos buscando la salida, mientras Raquel se llevaba las manos a la boca blanca como un papel.
Al mismo tiempo, el teléfono celular rosado de Fabiola sonó con la alerta oficial de la tesorería de la universidad: el pago de dieciséis mil dólares acababa de ser cancelado por orden de don Mateo Samaniego y su título quedaba retenido de inmediato.
Dándose cuenta en un instante de que su padre biológico jamás había pagado un centavo y que acababa de destruir al único hombre que le había dado todo, Fabiola rompió a llorar aterrada, se lanzó de frente hacia don Mateo y se aferró con ambas manos a su camisa vino tinto:
—¡Espera! ¿Cómo que tú pagaste mi colegiatura? ¡No, padre, perdóname por favor, no me hagas esto, tú eres el único papá de mi vida!
Don Mateo la miró con los ojos aún enrojecidos por el llanto que ella misma le había provocado, pero sin una gota de debilidad. Con un movimiento firme de su brazo, empujó de frente a Fabiola apartándola de su lado y sacó de su camisa el gran sobre amarillo de papel manila, levantándolo frente a las caras desencajadas de los tres.
—Dejé mi juventud y mi salud en la bodega pagando cada semestre de tu carrera —le dijo don Mateo con una voz profunda y sentida que resonó en todo el jardín—. Y aquí adentro estaban las escrituras de tu propia agencia aduanal equipada y las llaves de un coche nuevo que eran tu regalo de graduación. Pero mataste mi amor eligiendo burlarte de mis lágrimas con ellos.
Mientras don Mateo se marchaba con paso firme y la frente en alto, el personal administrativo de la universidad se acercó a Fabiola para retirarle la toga verde pino y exigirle el pago inmediato de los dieciséis mil dólares.
En medio de los gritos desesperados de Raquel y Fabiola exigiéndole a César que sacara su billetera de «empresario» para pagar la deuda y llevarlas a su casa, el vago se zafó de ellas de un empujón y les gritó sin vergüenza que él no tenía ni un dólar en la bolsa, que dormía en un cuarto prestado y que ni loco iba a mantener a dos mujeres en la ruina. Acto seguido, César salió corriendo a toda velocidad hacia la avenida, dejándolas hundidas en la vergüenza más espantosa de sus vidas.
CAPÍTULO V: EN LA CALLE Y CON EL RECUERDO ETERNO DE LAS LÁGRIMAS DE UN PADRE
Cuando Raquel y Fabiola llegaron una hora más tarde en taxi a la casa de don Mateo llorando y suplicando perdón en el portón, encontraron todas sus maletas apiladas en la banqueta junto al abogado de la distribuidora y un juez civil que les entregó el acta de divorcio y desalojo definitivo.
En cuanto al local de la agencia aduanal y el automóvil nuevo cuyas escrituras iban dentro del sobre amarillo, don Mateo decidió entregárselos como patrimonio de trabajo al hijo de su capataz de confianza, un joven huérfano de madre que acababa de graduarse de contador público trabajando de día cargando bultos en el almacén y estudiando de noche, y que siempre había honrado y cuidado a don Mateo como a un verdadero padre.
Abandonadas por el vago de César, sin casa, sin dinero y con una deuda de dieciséis mil dólares que dejó a Fabiola sin título universitario, madre e hija tuvieron que irse a alquilar un cuarto humilde y ponerse a trabajar limpiando pisos para poder comer, llevando grabado en el alma para toda la vida el recuerdo del día en que hicieron llorar al único hombre bueno que las había amado de verdad.
0 comentarios