El Invierno que Olvidó a Dios

Publicado por Emontero el

El pueblo de Valdenieve nunca fue un lugar acogedor, pero aquel año, el invierno no llegó como una estación, sino como una condena. La nieve comenzó a caer a mediados de octubre y, para cuando llegó diciembre, los caminos habían desaparecido bajo dos metros de un hielo tan duro que rompía las palas y congelaba el aliento antes de que abandonara los labios.

Los habitantes se habían encerrado en sus cabañas de madera, consumiendo sus reservas de leña y carne salada, rezando para que el sol regresara. Todos, excepto Elara.

Elara era una mujer cuyo rostro parecía tallado en la misma roca de las montañas que rodeaban el valle. Nadie sabía exactamente cuántos años tenía, pero las arrugas que surcaban su rostro contaban historias de un tiempo anterior a la fundación del pueblo. Vivía en la última cabaña, justo donde el bosque de pinos negros se espesaba y el terreno comenzaba a elevarse hacia la temida «Cresta del Diablo», el pico más alto y oscuro de la cordillera.

Durante semanas, Elara había estado sintiendo algo que los demás ignoraban. No era solo el frío polar que se colaba por las rendijas de las ventanas; era una vibración de baja frecuencia. Un zumbido constante que le erizaba la piel y hacía que el agua de su pozo ondulara sin que hubiera viento. Ella conocía ese presagio. Las viejas leyendas que su abuela le contaba al calor del fuego no eran cuentos para asustar a los niños; eran manuales de supervivencia.

Capítulo 2: El Sonido de la Locura

Fue en la mañana del tercer día de oscuridad perpetua cuando Elara decidió actuar. Salió de su cabaña, envuelta en un grueso abrigo de lana marrón que pesaba casi tanto como ella, y su característico pañuelo oscuro en la cabeza. Llevaba en sus manos enguantadas un pesado mazo de madera maciza y unas estacas de roble.

El sonido seco del mazo golpeando la madera del techo resonó por todo el valle congelado: ¡PUM!… ¡PUM!… ¡PUM!

El ruido atrajo la atención de los hombres del pueblo. Un grupo de ellos, liderados por un leñador de barba espesa y abrigo verde militar, se acercó a la cerca de madera que delimitaba la propiedad de la anciana. Estaban envueltos en gruesas mantas grises, temblando, pero con la arrogancia intacta.

—¡Mira a la vieja loca! —gritó el hombre de la barba, señalándola con un dedo enfundado en un guante de cuero gastado—. ¿Crees que clavar unos palos va a detener la tormenta, Elara?

El grupo estalló en carcajadas. El sonido de sus risas era áspero y cruel, un eco de la ignorancia que dominaba el pueblo.

—Esa vieja se ha vuelto completamente loca —continuó el hombre, dándose la vuelta hacia sus compañeros—. Deberíamos encerrarla antes de que se rompa el cuello cayendo de ese techo.

Elara se detuvo. Bajó el mazo, se secó el sudor frío de la frente y miró al grupo de hombres. No había miedo en sus ojos pálidos y desgastados, solo una profunda e infinita lástima. Sabía que sus mentes, cerradas y racionales, jamás podrían comprender que no estaba reforzando su techo contra el peso de la nieve. Lo estaba asegurando contra las garras de lo que estaba a punto de despertar.

Capítulo 3: El Despertar de la Roca

—Ya casi termino… —murmuró Elara para sí misma, ignorando las burlas.

Pero antes de que pudiera dar el siguiente golpe, el mundo se detuvo. Literalmente. El viento, que había estado aullando durante días, enmudeció de golpe. Un silencio antinatural, espeso y sofocante, cayó sobre el valle. Los hombres dejaron de reír. El de la barba verde miró a su alrededor, confundido, sintiendo cómo un escalofrío que no tenía nada que ver con la nieve le recorría la espina dorsal.

Elara levantó la vista y agarró su vieja escalera de madera. Sus ojos se clavaron en la cima de la montaña. Allí, sobre los picos nevados, el cielo gris oscuro comenzó a retorcerse. No eran nubes de tormenta normales; formaban una espiral perfecta, un vórtice que parecía succionar la luz del día. Y entonces, la montaña exhaló.

Un sonido gutural, profundo como el crujido de las placas tectónicas, hizo vibrar los cimientos de cada cabaña del pueblo. La nieve de la ladera comenzó a desprenderse, revelando algo oscuro y colosal que se movía bajo el hielo.

Elara miró fijamente a la anomalía, agarrando su mazo con fuerza. Se rieron de su advertencia. La llamaron loca. Pero ahora, frente al abismo inminente, el pueblo entero iba a descubrir que la montaña no estaba hecha solo de piedra. Estaba viva. Y tenía hambre.

Este es solo el comienzo para construir esa longitud y profundidad que buscas. Podemos continuar con el Capítulo 4: El Descenso, donde narramos exactamente qué es lo que baja de la montaña y cómo el pueblo reacciona al pánico, y el Capítulo 5: El Secreto de Elara.


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