La Podredumbre del Clasismo y la Desconexión Humana Frente al Océano

Publicado por Emontero el

En el vasto, intrincado, frío y a menudo profundamente desolador laberinto de la sociedad hiperconectada, consumista y desmesuradamente materialista en la que nos ha tocado sobrevivir en pleno siglo veintiuno, nos enfrentamos a diario a un fenómeno psicológico, moral y sociológico que amenaza peligrosamente con devorar, aniquilar y evaporar los últimos y más frágiles vestigios de empatía, compasión, solidaridad y decencia humana elemental: la ceguera absoluta del privilegio y el clasismo desmedido.

En ciertas y muy exclusivas esferas de la vida urbana y recreativa moderna, donde el poder adquisitivo se confunde de manera asombrosa, errónea, arrogante y trágica con la superioridad moral, el valor real de un individuo y el derecho exclusivo a existir y ocupar un espacio recreativo, surge como una plaga incontrolable una casta de personas que caminan por el mundo firme, soberbia y ciegamente convencidas de que el resto de la humanidad —muy especial y particularmente aquellos individuos que realizan labores manuales, oficios artesanales tradicionales o trabajos de la clase obrera y humilde— son simples elementos decorativos, estorbos visuales molestos o extras desechables en la gran, brillante y asquerosamente narcisista película de sus vidas vacías.

Para estos individuos, cuyas mentes han sido consumidas por un ego desmedido, inflado artificialmente y alimentado a diario por los filtros de las redes sociales, las prendas de colores llamativos y la validación superficial de sus pares, el esfuerzo físico ajeno, el sudor del trabajador del día a día, el dolor profundo del prójimo y la inquebrantable e histórica dignidad de la clase trabajadora, son elementos total y absolutamente invisibles, conceptos lejanos que carecen de cualquier tipo de valor tangible en su limitado ecosistema cognitivo. Su realidad paralela, estéril y profundamente enferma se mide única, exclusiva y matemáticamente en logotipos europeos, prendas de colores neón, vehículos de gama alta, estatus social ilusorio, fines de semana en la playa y una absurda, tóxica, asfixiante e imperdonable creencia de intocabilidad cuasi divina. Se han desconectado por completo, y quizás de manera irreversible, del cordón umbilical espiritual y social que nos une a todos como especie biológica: el respeto mutuo, la caridad y la empatía.

En este contexto sumamente asfixiante, clasista y tóxico, el respeto milenario por los verdaderos artesanos, por los ancianos de manos callosas que sostienen la historia viva de nuestras culturas en sus espaldas cansadas, y por las tradiciones artísticas más humildes, puras y auténticas de nuestro pueblo, suele ser pisoteado, humillado y escupido con una facilidad, una frialdad y una crueldad que literalmente hiela la sangre en las venas de cualquier espectador que aún conserve un solo gramo de consciencia humana.

La desgarradora, brutal, profundamente perturbadora, gráficamente violenta e infinitamente indignante historia que hoy nos convoca de carácter urgente para desglosarla, analizarla y diseccionarla milímetro a milímetro, segundo a doloroso segundo —y que ha provocado, con absoluta, sobrada y completamente justificada razón, un auténtico, volcánico, masivo e incontrolable estallido de ira colectiva y una sed de justicia y debate sin precedentes en todas las plataformas digitales existentes— es la radiografía exacta, visual y descarnada de esta misma podredumbre clasista que mancha hasta los paseos marítimos más hermosos de nuestras costas.

Es la crónica minuciosa, detallada, quirúrgica y dolorosa de cómo la vanidad extrema, el asco injustificado por la pobreza y la prepotencia narcisista decidieron, en un arranque de locura, humillar, pisotear y destruir públicamente el trabajo honesto, el patrimonio y el corazón puro de un anciano inofensivo en plena vía pública turística. Pero, afortunadamente para nuestra propia salud mental colectiva, para nuestro desesperado consuelo espiritual y para nuestra inquebrantable, absoluta y férrea fe en el perfecto, matemático y letal equilibrio kármico del universo, también es el relato electrizante, profundamente necesario, catártico y visceral de cómo la justicia humana moderna, encarnada en el imponente, frío, oscuro y arrollador poderío táctico y paramilitar, impulsado por el amor familiar más fiero, leal y primitivo, llegó de forma implacable, silenciosa y aterradora para cobrar la dolorosa factura en el momento exacto y preciso.

Acompáñanos en esta extensa, inmersiva y profunda lectura a diseccionar cada asfixiante, triste y tenso instante de esta confrontación urbana de clases, desde el repugnante, seco y ensordecedor crujido del noble barro ancestral rompiéndose contra la madera pavimentada y el salto de puro terror instintivo del artesano, hasta el segundo exacto, dramático e inolvidable en que la arrogancia ciega, frívola y cobarde conoció, por primera y espantosa vez en su vida de cristal, el terror puro, físico y paralizante de la justicia militar táctica e implacable que acecha en las sombras de la ciudad.

El Escenario del Paseo Marítimo, el Overol de Pana Mostaza y la Inquebrantable Dignidad del Trabajo Artesanal

Para lograr comprender verdadera, empática y cabalmente la astronómica, dantesca y abrumadora magnitud de la atrocidad emocional y la gigantesca falta de respeto y humanidad cometida esa sofocante, brillante, despejada y soleada mañana frente al mar, es estricta, sociológica, moral y narrativamente indispensable detenernos a observar con extremo, clínico y meticuloso detenimiento el contrastante escenario geográfico y a la frágil, pura pero inmensamente digna víctima central de este drama humano que nos corta de tajo la respiración.

La magistral lente de la cámara nos transporta de inmediato, sintiendo casi la brisa salada, y nos ubica directamente en las pulcras y relucientes tablas de madera de un exclusivo, soleado, inmaculado y obscenamente costoso paseo marítimo peatonal de lujo. Este no es de ninguna manera un muelle de pescadores abandonado o una playa pública hacinada; es el tipo de avenida costera de ultra alta gama, bañada por el brillante sol, flanqueada en un extremo por las suaves e hipnóticas olas del océano turquesa y en el otro por carísimos clubes de playa privados y restaurantes de cinco estrellas. El suelo que pisan los transeúntes no es simple y gris asfalto ardiente; está meticulosa, perfecta y artísticamente entablado con hermosas, tratadas y costosas maderas exóticas, diseñadas estructuralmente de manera exclusiva para soportar sin problemas y sin astillarse los pasos ligeros, descalzos o los caros tacones de la élite financiera y recreativa de la ciudad.

Justo en el medio geométrico de esta inmensa, relajante y ostentosa pasarela de esparcimiento desmedido y frivolidad estética de fin de semana, aportando el único, necesario y genuino toque de cultura real, esfuerzo humano palpable, herencia viva y tradición palpable, se encuentra de pie, estoico y sereno, nuestro inquebrantable protagonista. Es un venerable anciano artesano, un hombre sabio que ha sobrepasado con creces la respetable y pesada barrera de los setenta y cinco años de edad. Él está visible desde el primer y fundamental milisegundo de esta cruda historia, de pie, sólidamente erguido con la inmensa dignidad de quien se gana la vida honradamente día a día, resguardando con cuidado su pequeño, rústico y modesto carrito de exhibición de madera.

Su simple aspecto físico es, sin la menor necesidad de emitir una sola vocal, un libro de historia abierto, desgastado pero invaluable, que relata en cada uno de sus intrincados detalles y cicatrices una vida entera, dura, honesta y sin descanso de trabajo manual ininterrumpido frente a los hornos de leña. La parte superior de su cabeza es completamente calva, brillando humildemente bajo el sol, pero su rostro está enmarcado, coronado y dignificado por una inmensa, larga, espesa y profundamente respetable barba blanca, al más puro estilo de un viejo leñador sabio, que le otorga un aura mística e innegable de abuelo universal. Su rostro amable está surcado por profundas arrugas que son, en estricta realidad, el complejo y hermoso mapa cartográfico de incontables décadas de esfuerzo silencioso, sonrisas cansadas y supervivencia pura frente a las inclemencias económicas y de la vida.

Su peculiar y cálida forma de vestir contrasta de manera abismal, poética, dolorosa y visualmente chocante con la ropa de diseñador, los trajes de baño minúsculos de lujo y la moda playera vacía que lo rodea en ese paseo marítimo. Viste de manera extremadamente humilde, tradicional, cálida y profundamente trabajadora, sin absolutamente ninguna pretensión o marca: lleva puesto, a pesar del sol, un pesado, grueso y resistente overol de pana de un llamativo color mostaza oscuro, una prenda de trabajo duro que lo protege de las raspaduras de su oficio. Debajo de los tirantes de pana, lleva una cálida y gastada camisa de franela a cuadros rojos y negros, y en sus pies cansados, calza unas pesadas y polvorientas botas de trabajo marrones, llenas de tierra de sus talleres, que cuentan historias de largas y agotadoras horas de pie frente al torno de alfarería.

Justo frente a él, descansando sobre su pequeño, inestable y modesto carrito de madera, el anciano artesano de barba blanca exhibe a la vista de los turistas y paseantes su verdadero y único tesoro en este plano terrenal: una exquisita, variada, rústica y sumamente delicada colección de hermosos jarrones de barro cocido y terracota. Es de vital, urgente e imperativa importancia entender que cada una de esas frágiles y pesadas piezas de alfarería terrenal no es, de ninguna manera concebible en el mercado, un objeto sin alma, inyectado en plástico o fabricado en masa en una fría, ruidosa e industrial fábrica extranjera. En absoluto.

Esos gruesos y hermosos jarrones de barro son el resultado físico, emocional, folclórico y directo de horas, días, noches de desvelo y largas, agotadoras e incontables semanas de trabajo manual, sudoroso y doloroso. Representan el esfuerzo titánico de amasar la pesada y densa tierra, de moldearla pacientemente con las manos húmedas y llenas de callos, de tornearla para darle formas perfectas y, finalmente, de hornearlas con infinita paciencia y terror en hornos ardientes esperando que el fuego no rompa su interior. Esas pesadas vasijas de tonos tierra representan literalmente su sagrado pan de cada día, el costo de sus humildes medicinas, su incalculable legado cultural, su única fuente de sustento y su legítimo, absoluto e inalienable derecho a existir y ocupar un espacio bajo el sol en la sociedad. Él no estorba el libre tránsito de la ancha y lujosa pasarela de madera, no persigue agresivamente ni acosa a los vacacionistas; él es la personificación absoluta, estoica y silenciosa de la dignidad del trabajo obrero en su estado más puro.

La Irrupción Sádica de la Frivolidad: El Blazer Fucsia Neón y la Camisa Hawaiana de la Complicidad

El frágil, hermoso y delicado equilibrio pacífico de la relajante mañana costera se rompe en mil pedazos, se hace añicos irremediablemente y se destruye de un solo, repentino y violento golpe asimétrico. En un contraste estético, moral, sumamente violento, repulsivo y visualmente chocante con esta pura imagen de fragilidad, madurez y esfuerzo honesto de la tercera edad, irrumpe pesada, ruidosa y agresivamente en la escena la figura sumamente tóxica, arrogante, escandalosa y destructiva de la discordia principal.

Es una mujer madura de cuarenta años de edad, de tez muy blanca, cuyo peinado es una declaración de intenciones agresivas: lleva el cabello cortado extremadamente corto, en un estilizado y rígido estilo pixie cut teñido de un rubio platinado casi blanco y antinatural. Su apariencia exterior está rígidamente diseñada, financiada y estructurada frente al espejo para ser el centro absoluto de atención y gritarle al universo que posee un estatus económico inmensamente superior. Viste de una manera estridente, fuera de lugar y profundamente llamativa: un impecable y estructurado blazer de diseñador de un escandaloso y brillante color fucsia neón, que lastima las retinas bajo el sol, combinado con un top negro ajustado debajo, unos ceñidos e incómodos pantalones de cuero negro y unos afilados botines de tacón que resuenan fuertemente contra las tablas de madera del paseo marítimo. Ella es la encarnación biológica del privilegio altanero, de la crisis de la mediana edad mal llevada y de la crueldad banalizada de la nueva riqueza.

Caminando a su lado, escoltándola, actuando como su cobarde cómplice silencioso, su eco narcisista de menor edad, su bufón privado y el validador primario de sus peores, más oscuros y asquerosos impulsos clasistas, se encuentra un hombre más joven, de veinticinco años de edad. Es un sujeto de tez bronceada, con un largo, abundante y descuidado cabello castaño muy rizado que cae sobre sus hombros. Su vestuario es la imagen viva de la irresponsabilidad, la frivolidad y la pereza adinerada: viste una delgada, costosa y brillante camisa hawaiana de seda, dejada completamente desabotonada en el pecho para presumir bajo el sol, combinada de forma casual con unos pantalones cortos blancos inmaculados y unas gafas de sol de espejo polarizadas que ocultan la cobardía de sus ojos. La fresca brisa del océano agita suavemente la seda de su camisa hawaiana mientras caminan juntos, invadiendo el espacio, creyéndose los verdaderos y legítimos dueños de la madera que pisan y de las personas que respiran su mismo aire costero.

Atrapada irremediable, trágica y patéticamente en la densa e impenetrable burbuja de su propio delirio de grandeza materialista y su ego inflado y de color fucsia, la mujer de cuarenta años comete el imperdonable, catastrófico, estúpido y letal error de pasar caminando de manera descuidada, sumamente altanera, ciega y agresiva demasiado cerca del pequeño, pesado y arrinconado carrito de madera del abuelo de la barba blanca. Y es exacta, trágica y precisamente aquí donde la desgracia absoluta se desata por una nimiedad tan absurdamente ridícula, irrisoria y patéticamente diminuta que resulta difícil de creer para la razón humana. Según la retorcida, exagerada, clasista, paranoica y narcisista percepción visual de la mujer de cabello platinado, al pasar caminando raudamente junto al carrito de las pesadas vasijas, un minúsculo, microscópico e invisible rastro de polvo de terracota, o un imperceptible roce de lodo seco, manchó fatalmente la inmaculada, negra y sagrada punta de sus costosos y exclusivos botines de diseñador europeo.

Para absolutamente cualquier mente humana sana, racional, funcional y dotada de un coeficiente mínimo de inteligencia emocional o empatía, esto sería catalogado de inmediato, sacudido y olvidado como un incidente completamente invisible, inexistente, o en el peor de los casos, un accidente de calle menor y sin importancia que se soluciona en tres segundos frotando el zapato contra la pantorrilla. Pero para ella, con su enorme, inestable, venenoso e inmaduro complejo de superioridad tóxico, esto representa un insulto inaceptable, un ataque frontal contra su estatus económico, su estética y su poder, cometido de manera atrevida e insolente por un individuo (el anciano) que ella considera neta, social, higiénica y biológicamente inferior. Su desproporcionada reacción no es de simple molestia verbal; es una escalada vertical de furia homicida, clasista, irracional y destructiva dirigida sin piedad hacia el eslabón más frágil y vulnerable del ecosistema del paseo marítimo.

El Acto de Crueldad Impura: El Salto del Miedo, la Patada y el Barro Hecho Polvo

Lo que sucede a continuación, captado cruda y nítidamente por la implacable frialdad de las lentes de la cámara, es una verdadera y asquerosa aberración del comportamiento humano en sociedad, un acto cobarde, deleznable, ruin y bajo que ofende profundamente la médula del alma, asquea, pudre y revuelve el estómago, y hierve literalmente la sangre del espectador de manera incontrolable, plenamente justificada y agresiva. Consumida de manera fulminante e instantánea por un clasismo completamente irracional, violento, sociópata y enfermizo, y perdiendo en una microscópica, oscura y letal fracción de segundo absolutamente todo rastro de piedad, compasión, respeto histórico por las canas de la tercera edad y decencia civil mínima, la mujer del blazer fucsia decide cruzar de un fuerte salto la línea moral más infranqueable, dolorosa, ilegal y destructiva de todas las fronteras de convivencia humana.

Sin detenerse un solo y miserable instante de su patética existencia a pensar en las horribles, devastadoras e irreversibles consecuencias kármicas, financieras y emocionales de sus nefastos actos de rabia; sin emitir una sola advertencia previa para apartar al anciano, y con una maldad asquerosa, venenosa, pura y concentrada que brota como lava sin filtros desde el fondo vacío de su ser, la mujer de cabello platinado levanta agresiva y decididamente su pierna y lanza una patada extremadamente violenta, seca, firme y rápida, cargada de absolutamente todo el peso de su odio clasista, apuntada directa, traicionera y malévolamente contra la sólida, pero inestable estructura inferior del pesado carrito de madera del abuelo.

La velocidad, saña y salvajismo inusitado del ataque físico sorpresa toman por completa, total e injusta sorpresa al venerable, tranquilo e inofensivo artesano del overol mostaza. El abuelo de setenta y cinco años, que se encontraba apaciblemente de pie junto a su mercancía, confiado en la seguridad civil básica de la luz del día, percibe con un terror helado y de reojo el violento, agresivo y rápido movimiento de la pierna de la mujer. El instinto biológico más primario, básico y prehistórico de pura supervivencia humana, adrenalina y protección física se activa de golpe en su anciano sistema nervioso en escasas, desesperadas y agónicas fracciones de milisegundos.

Con un sobresalto espeluznante, un terror visible en sus ojos que encoge, retuerce y parte el corazón del espectador en pedazos, el anciano de larga barba blanca se ve obligado, por el pánico a ser brutalmente aplastado por su propia mercancía, a dar un salto físico asombrosamente torpe, desesperado, agónico, desordenado y profundamente humillante hacia atrás. Lanza todo el enorme peso de su propio y cansado cuerpo, enfundado en pesada pana, lejos del carrito para evitar ser cortado, triturado, inmovilizado o severamente lastimado por la inminente, brutal e injusta avalancha de pesados jarrones de barro macizo y astillas de madera que se le vienen irremediablemente encima como una lluvia mortal.

Al intentar esquivar el golpe, pierde completamente el equilibrio físico y termina cayendo de manera dolorosa, muy pesada y violenta, aterrizando bruscamente de rodillas, golpeando fuertemente el hueso y la piel directamente contra las implacables, duras y rígidas tablas de madera del paseo marítimo, sintiendo el impacto de la humillación vibrar a lo largo de toda su espina dorsal.

El sonido del impacto del pie contra la madera y el consecuente vuelco estructural del carrito es seco, sordo, brutal y de una naturaleza puramente criminal. La tremenda, asquerosa, injustificada e irracional fuerza del impacto físico de la patada desestabiliza completa, trágica, violenta e irreversiblemente la plataforma de madera que sostenía pacífica y equilibradamente todo el sustento vital del anciano. La implacable gravedad de Newton y la incomprensible e infinita estupidez humana hacen su trabajo conjunto, macabro, implacable y rápido de manera devastadora e insalvable.

Como si se tratara de una terrorífica, lenta, asfixiante y cruel pesadilla psicológica proyectada directamente en ultra cámara lenta, los pesados, rústicos y hermosos jarrones de barro cocido, el invaluable y sagrado fruto orgánico de dolorosas semanas de sudor espeso, lágrimas invisibles, esfuerzo sobrehumano, paciencia infinita y amor puro por la tierra y la alfarería, caen inevitablemente en una dramática, violenta y mortal picada libre directa contra la dureza implacable de la madera entarimada del paseo costero.

El impacto de las decenas de jarrones contra el suelo es sonora, visual, espiritual y materialmente catastrófico y devastador. Las hermosas creaciones de pesada terracota se estrellan violenta y fuertemente contra la superficie inquebrantable, estallando, fracturándose, crujiendo y rompiéndose instantáneamente en miles y miles de pedazos irregulares, polvorientos, esparcidos e inútiles de tierra cocida rota, escombros sucios y una nube densa de polvo seco de barro que se eleva ligeramente por los aires.

El perturbador, grave, sordo y espantoso sonido de la destrucción masiva del pesado barro ancestral golpeando y destrozándose contra las tablas de madera, es un crujido seco, hueco, absolutamente desgarrador, ensordecedor y humillante, que resuena y opaca el pacífico sonido de las olas del mar, penetrando el aire soleado como un balazo certero, despiadado y directo al mismísimo centro del corazón de la dignidad, de la clase obrera pisoteada y de la humildad trabajadora más sagrada. El legado cultural, el tiempo de vida y el arte puro de un hombre se han convertido, en una fracción de segundo, en simple polvo y escombros, aniquilados vil, cobarde y cruelmente por una estúpida rabieta irracional y una vanidad narcisista vacía e inexcusable.

Pero el tormento sádico, la humillación pública y la violencia psicológica están muy, pero muy lejos de dar por terminada su obra y saciarse con la simple y patética destrucción física y material de la propiedad ajena. Mientras el denso polvo de terracota seca aún flota y se asienta lentamente en el aire de la playa, y mientras el anciano de la barba blanca y el overol mostaza yace humillado, tirado en el suelo, aturdido, lastimado en sus rodillas y profundamente confundido y aterrorizado por su propio salto de supervivencia; la infame, repulsiva e inhumana mujer del escandaloso blazer fucsia decide, de manera fría, premeditada y demoníaca, rematar la masacre asestando el golpe final, hundiendo hasta la misma empuñadura manchada de sangre el candente cuchillo de la violencia verbal clasista.

Con el rostro pálido y maquillado completamente desfigurado y retorcido por la mueca del asco de clase, la prepotencia dictatorial y el clasismo más rancio, podrido y asqueroso que la humanidad puede siquiera llegar a concebir; apuntando de manera directamente amenazante, inquisitoria, agresiva y sádica con su dedo índice acusador directamente, sin temblarle el pulso, hacia la humilde, inofensiva y derrotada figura del anciano calvo que ha quedado petrificado de rodillas frente a ella en un doloroso estado de shock traumático, le grita a todo volumen, de manera estridente, grosera y sin importarle un ápice los atónitos testigos, escupiendo sus palabras con odio: «¡Fíjate dónde pones tu basura! Me ensuciaste mis zapatos de diseñador con tu lodo».

Para su retorcida, putrefacta, frívola, vacía y estrictamente superficial visión del universo, el sagrado, paciente, ancestral, honesto e incansable esfuerzo manual, creativo y agotador de un hombre honrado de la tercera edad, no merece el título de arte, no es considerado un sustento vital, no es un trabajo digno que merezca protección y no es cultura respetable; es catalogado simple, estorbosa, maloliente, vulgar, indeseable, molesta y asquerosa «basura». Un lodo sucio y despreciable, completamente indigno de rozar siquiera las costuras industriales de sus sagrados zapatos de marca, e indigno de compartir el mismo valioso espacio físico en el paseo marítimo que ella y su ego desmedido demandan y ocupan. Su vanidad desenfrenada no es un defecto; es una enfermedad espiritual en etapa terminal.

Las Lágrimas Amargas sobre la Madera Salada y las Asquerosas Carcajadas del Cinismo Absoluto

El infame, cobarde, bajo y traicionero acto de violencia física, económica, material, y especialmente el daño psicológico infligido a plena, radiante y calurosa luz del sol costero contra un anciano completamente indefenso, postrado, asustado y totalmente pacífico es, bajo absolutamente cualquier estándar moral de una civilización, bajo cualquier estricto código penal humano, o bajo las leyes de decencia básica; un crimen ético de lesa humanidad imperdonable, detestable, que pudre el alma de quien lo comete y provoca náuseas severas a quien lo atestigua pasivamente.

Pero la perturbadora, oscura, deprimente y trágica escena visual desciende rápida y vertiginosamente hacia un fango mucho más oscuro; hacia un nivel nauseabundo de crueldad sociópata, maquiavélica, sádica e inhumana que parece haber sido extraída fotograma a fotograma directamente de la película de terror psicológico más deprimente jamás filmada sobre la absoluta decadencia de la empatía moderna.

El frágil, noble, dulce y queridísimo abuelo de la barba de algodón, ataviado ahora de rodillas con su pesado y caluroso overol de pana mostaza y su rústica camisa de cuadros, tras haberse visto forzado a saltar para salvar su propia integridad y sus frágiles huesos de un peso aplastante, queda dolorosamente postrado, derrotado, profundamente humillado públicamente y arrodillado de forma suplicante sobre las duras, ásperas y astilladas tablas de madera del concurrido paseo peatonal. Él reacciona biológica y emocionalmente a la repentina, tremenda e injusta agresión recibida como si, de manera cruel y literal, unos demonios invisibles hubieran descendido para arrancarle y destripar en carne viva, con oxidadas pinzas al rojo vivo, una inmensa y vital parte de su propia alma cansada, de su motivación para despertar por las mañanas y de su ya gastado y herido corazón.

Temblando violenta, espasmódica e incontrolablemente, desde la punta de su cabeza calva hasta los desgastados tacones de sus gruesas botas marrones, a causa del tremendo susto inicial que aceleró sus palpitaciones, el pico repentino, agresivo y venenoso de cortisol y adrenalina pura inyectado agresivamente en su torrente sanguíneo, el miedo crudo y tangible a ser golpeado por la pesada madera, y sobre todo, la inmensa, negra, aplastante y asfixiante desesperación existencial de tener que abrir los ojos y ver absolutamente toda su valiosa mercancía —su único y frágil sustento asegurado para pagar la renta y la comida del mes, todo su hermoso y milenario arte de alfarería— brutal y cruelmente destruido, aplastado, pulverizado, evaporado y convertido en escombros sucios por puro capricho y sin ningún tipo de motivo válido ni racional por parte de una mujer rica.

Total, completa y abrumadoramente devastado; anímicamente humillado, pisoteado y derrotado en la lona por la apabullante, asquerosa e invencible crueldad del mundo moderno superficial que no comprende su arte; y con su noble espíritu finalmente quebrado en mil minúsculos pedazos inservibles, e ignorando por completo y de manera estoica el intenso, latente y agudo dolor físico articular que palpita punzantemente en sus viejas rodillas y rótulas a causa de la dura caída sobre la madera, el abuelo extiende de forma agónica, triste y derrotada sus enormes manos arrugadas, endurecidas, llenas de dolorosos e históricos callos y manchadas profundamente y para siempre por los minerales y tintes de la noble y sagrada tierra y el pesado barro oscuro.

Con gruesos dedos temblorosos, huesudos y retorcidos por la edad, que se mueven de manera incontrolable, errática y agónica frente a la cámara, el venerable anciano se inclina y, en un acto puro de desesperada negación que rompe la pantalla y el alma del espectador más apático, intenta inútilmente recoger y juntar de forma muy torpe y con un cuidado paternal, los polvorientos, sucios, afilados e irreconocibles pesados pedazos de barro roto y terracota astillada, curvada y descolorida que ahora se encuentran fatal, aleatoria y caóticamente esparcidos, tirados y pisoteados por el suelo de madera astillada de forma irreparable. En un profundo y tristísimo instinto de negación, en un esfuerzo psicológico agónico, en un intento trágicamente inútil, absurdo y profundamente doloroso de intentar volver a unir las piezas, de pegar con sus propias y cansadas manos y devolver a la vida aquello que la maldad absoluta, la arrogancia humana y la bota destructora acaban de aniquilar de golpe sin mostrar un solo miligramo microscópico de piedad, remordimiento o humanidad cristiana.

Con su noble, arrugado, cansado y sabio rostro bañado por completo, surcado y empapado trágicamente en gruesas, densas, saladas, amargas y ardientes lágrimas incontrolables de pura y absoluta impotencia, de oscura desesperanza, de una profunda humillación pública hirviendo en sus venas y de un dolor existencial inmensurable, vasto y pesado como el océano; un llanto que aprieta de manera física, como si fuera una garra de frío acero oxidado en torno a la garganta seca del espectador detrás de la pantalla, sofocándolo con pura rabia transmitida. Respetando dócil, cobarde y obedientemente el tenso, dictatorial, pesado, denso y helado silencio que ha dejado suspendido y flotando de manera amenazante la odiosa mujer agresora en el aire tras lanzar y escupir sin filtro su letal y venenoso comentario clasista; el anciano no le grita, no la maldice, ni siquiera la mira a los ojos llenos de maldad. En su lugar, manteniendo la mirada gacha y fija en los pedazos de barro destrozados en sus manos, suelta un llanto silencioso y un lamento ahogado, triste, rasposo y fuertemente cargado de una tristeza pura, profunda, infinita, densa, negra y abrumadora; un sonido gutural de dolor que destruiría, agrietaría de manera irreversible y derretiría hasta sus bases de concreto a cualquier corazón humano y a la persona más insensible, medianamente funcional y psicológicamente normal del mundo entero:

«Mis jarrones de barro… me tomó semanas hacerlos a mano».

Estas simples pero dolorosas palabras, acompañadas de sus sollozos y las lágrimas mojando su espesa barba blanca, constituyen el grito más puro, desgarrador, primigenio, sordo y cruelmente ignorado de un verdadero artesano y hombre de esfuerzo viendo cómo, frente a sus propios e impotentes ojos cansados, la obra física de su sudor, su sacrificio humano, su arte genuino y su vital sustento diario para sobrevivir a la vejez; perecen trágicamente, caen al vacío, son aplastados y reducidos a simple polvo inútil, todo bajo la sucia, frívola, asquerosa, venenosa y destructiva bota y el tacón de diseño de la ignorancia extrema; la riqueza vacía, tóxica y hueca de espíritu; y la más aberrante, asfixiante, inaceptable y alarmante falta de empatía humana que una sociedad moderna, supuestamente civilizada e interconectada puede atestiguar y tolerar en plena vía pública sin intervenir.

Sin embargo, frente a esta dantesca, cruda, bíblica, tristísima y apocalíptica escena viva de innegable miseria humana absoluta, un dolor humano genuino, puro y palpable, un ruego silencioso, desesperado, una sumisión humillante forzada y el llanto incontrolable e injusto de un ser humano frágil, vulnerable y honorable de la tercera edad; la arrogante, asquerosa, despreciable, infame y profundamente prepotente pareja de jóvenes, cobardes y adinerados agresores vestidos llamativamente de fucsia neón y azul hawaiano, no muestra, bajo la más mínima circunstancia o escrutinio visual, en sus estirados, bronceados, maquillados, sonrientes, cínicos y cuidados rostros vacíos, ni una sola, fugaz, miserable y minúscula milésima de fracción de segundo de genuino remordimiento, de culpa judeocristiana, de arrepentimiento sincero, de empatía emocional, o de simple, básica, llana y fundamental piedad y compasión humana. Su ceguera moral es total, absoluta y aterradora.

Observan, y miran literalmente desde su falsa posición superior y altanera, como si fuesen oscuros y patéticos dioses falsos de plástico inyectado intocables por las leyes de la física, la gravedad y la decencia moral, el llanto doloroso, desgarrador, indigno y sumamente humillante del cansado anciano de overol mostaza arrodillado de forma patética entre las ruinas peligrosas de pesados pedazos de cerámica rota, polvo asfixiante de barro destrozado y la madera astillada de su pequeño y quebrado carrito. Y lo observan con una imperturbable frialdad puramente sociópata, calculadora y una indiferencia robótica, clínica, vacía, abrumadora e inhumana, un desinterés letal y cínico que congela, paraliza y hiela literalmente la sangre caliente en las venas, cortando el aliento, nublando el juicio de la razón y provocando fuertes, violentas e inmediatas náuseas físicas al indignado, impotente y furioso espectador que presencia el crimen desde la fría y segura pantalla de cristal de su teléfono o computadora.

Total y asquerosamente satisfechos, orgullosos e impunes de su destructivo, cobarde, bajo, asqueroso y puramente infantil acto de maldad de vandalismo urbano gratuito y su demostración tóxica y ridícula de estatus y superioridad ejercida sobre los más débiles; dan inmediatamente, al unísono y de forma sincronizada y coordinada como los villanos cínicos que son, media vuelta para alejarse caminando a paso firme, dándole la espalda a las ruinas. Se alejan lenta y pesadamente de la triste y humillante escena del crimen de forma triunfante, marchando con una postura corporal sumamente arrogante, increíble y absurdamente segura; caminando de forma asquerosamente relajada y prepotente por el ancho, despejado y brillante centro de la exclusiva pasarela del ostentoso paseo marítimo de madera de lujo bañado por el sol dorado; dándole de forma literal, ofensiva, fría y figuradamente la espalda ancha, cruel y cobarde a la inmensa, dolorosa y pesada miseria emocional, la gigantesca e irreparable pérdida artística y el devastador daño a la integridad económica del humilde anciano calvo que ellos mismos, sin sudar y sin el más mínimo y minúsculo remordimiento, por un estúpido, efímero y banal berrinche o accidente imaginario de diseñador, acaban de crear, desatar y provocar de la más absoluta y vacía nada; dejando a una persona destrozada tirada, arrodillada y abandonada en el polvoriento y sucio suelo detrás de sus costosos y protegidos talones.

El hombre joven del largo cabello rizado, bronceado, ataviado y disfrazado bajo su delgada, fresca y costosa camisa hawaiana de seda abierta, en un asombroso y repulsivo alarde público, descarado e imperdonable de pura y destilada estupidez suprema y maldad innata, de crueldad cómplice asquerosa y una profunda, aterradora y oscura sociopatía desbordante carente de alma; encuentra la dantesca y triste situación inmensamente divertida, hilarante y digna de celebración y aplausos.

Mientras se aleja lentamente del desastre provocado a paso relajado por el lujoso paseo frente a la playa, con la brisa moviendo su ropa de marca, gira su cabeza, mira fijamente y con orgullo a los ojos ocultos de su rubia pareja del llamativo, fluorescente y costoso blazer fucsia neón, estableciendo con ella un prolongado contacto visual asquerosamente cómplice, directo, malvado y realista; y, al mirarla a la cara como quien celebra una ingeniosa travesura de niño mimado, estalla de manera incontrolable, espontánea y efusiva en sonoras, grotescas, ahogadas, agudas y sumamente ruidosas carcajadas malvadas y guturales que rebotan, se mezclan y resuenan como oscuros, horribles y perturbadores ecos demoníacos por encima del pacífico y hermoso sonido natural, suave e hipnótico del fuerte oleaje del inmenso océano turquesa golpeando la arena y rebotando rítmicamente contra las vigas del paseo costero.

«¡Qué risa!», exclama feliz, a todo volumen y a todo pulmón en pleno espacio público, y con una asombrosa y detestable falta de tacto, burlándose de forma abierta, despiadada, cruel, dolorosa, pública, descarada y sin el menor asomo o sentimiento de culpa, pudor o respeto, del intenso, palpable y agudo dolor físico, existencial y mental del anciano calvo que, roto por dentro y bañado en lágrimas a sus espaldas, aún sigue pasiva y derrotadamente arrodillado frente a los escombros tratando de recogerlos con sus temblorosas manos de anciano. «¡Viste cómo lloraba el viejo por un montón de tierra rota!».

Con esta simple, brutal, vacía y venenosa frase llena de soberbia y estupidez escupida desde su profunda ignorancia y clasismo patológico; él reduce y pulveriza estúpida, simplista, injusta y denigrantemente todo el majestuoso y doloroso trabajo, la sangre y el tiempo de vida invertido en un meticuloso proceso de meses y semanas enteras de pesado esfuerzo artesanal, descarta todo el incalculable, invaluable y rico legado de la milenaria cultura humana, ancestral y popular, y rebaja trágica y banalmente todo el sufrimiento genuino y el profundo e inconsolable dolor humano de un anciano desesperado y humillado de setenta y cinco años en plena calle, al nivel de etiquetarlo fríamente como un simple, insignificante, barato, desechable e irrelevante «montón de tierra rota».

Y la infame, arrogante e intocable mujer madura del llamativo, escandaloso, estructurado y ostentoso blazer fucsia neón de diseñador y grandes, exclusivas y oscuras gafas de marca que protegen sus ojos muertos, sintiéndose aún más falsamente empoderada, egoístamente validada, orgullosa e invencible que nunca en su inútil y estéril vida tras la absurda y desproporcionada violencia ejercida, la destructiva patada propinada y la humillación ajena lograda de forma impune sin que nadie a su alrededor alzara un solo dedo para oponer ningún tipo de valiente resistencia, reclamo justo o detención civil hacia ella en ese momento; creyéndose por un instante fugaz, pero con una convicción enfermiza, patológica y genuina, ser verdaderamente la intocable reina absoluta de la ciudad y el mundo; creyéndose poderosa, suprema, rica y soberana dueña indiscutible y absoluta del aire de la enorme avenida costera, del valioso espacio pavimentado de madera de lujo que pisan sus pies, y dueña del destino miserable de todos aquellos seres que respiran el mismo aire pero que ella y su clasismo consideran y ven, con total desprecio y asco purulento, como habitantes estorbosos, descartables, invisibles e inferiores en su ciudad de cristal; y, finalmente, al escuchar embriagada por la victoria las cobardes, ridículas y cómplices carcajadas ahogadas y las burlas asquerosas de su estúpido acompañante de traje de seda…

Le responde sutilmente, con una ligera inclinación y una sonrisa torcida, sádica, retorcida, malévola y profundamente maliciosa, oscura y vacía delineada en sus fríos, pálidos y estirados labios inyectados. Mirando de forma penetrante, altiva, arrogante y fijamente hacia el deslumbrante frente soleado del opulento paseo del bulevar azul, mientras mantiene un fuerte, rítmico, rápido y elegante caminar ininterrumpido en el que el duro, agresivo, escandaloso y rítmico golpe del seco, fino y costoso tacón de sus negros botines europeos impacta contra la cara e inmaculada madera del paseo; y proyectando hacia el lente estático y brillante de la cámara en todo su asqueroso e imponente esplendor, la viva, fidedigna, exacta, fiel, helada y sumamente aterradora imagen física, el vivo e impuro reflejo y la encarnación biológica precisa del puro y destilado mal humano totalmente banalizado, estetizado, normalizado y cobardemente aceptado por un sistema roto en la alta sociedad; dicta de forma letal, cínica, final, absolutista, fría y asquerosamente segura su espantoso veredicto, su asquerosa e injusta conclusión moral y su egoísta punto y final definitivo para la inmensa desgracia del hombre del overol arrodillado:

«Se lo merece por estorbar. A la próxima le paso mi camioneta por encima».

Continúan avanzando de frente; se alejan poco a poco del encuadre central en el resplandeciente día. Caminan cínicamente juntos, riendo a mandíbula batiente a todo pulmón bajo el sol radiante, charlando, chismorreando y conversando animada y estúpidamente sobre banalidades y problemas inexistentes y trivialidades irrelevantes de su próxima escapada, creyendo de forma dogmática y estricta, pero de la manera más trágica, firme, absoluta y completamente ciega, hundidos profundamente en el oscuro, asfixiante e indescifrable fondo fangoso de sus podridas, estériles, clasistas, vacías, inútiles y narcisistas mentes que verdaderamente, sin espacio para la duda ni repercusión kármica alguna, en realidad acaban de aplastar al débil, limpiar su camino a la fuerza y que por fin han ganado victoriosamente la sucia, insignificante y pequeña partida de ajedrez en la escala del dominio social por el derecho al uso de la calle de lujo.

Creen, respiran, asimilan, procesan, sienten y palpan con una total, sólida, inquebrantable, ingenua, ignorante y la más absoluta, ciega y rotunda e inamovible certeza de acero, que su asqueroso, irracional, violento, asquerosamente cobarde, extremadamente bajo y espantosamente vil acto criminal gratuito, cobarde y salvaje de agresión física, intimidación flagrante, destrucción de la propiedad comercial privada y la profunda, denigrante, humillante y total bofetada moral, emocional y pública ejercida contra un pacífico, vulnerable, desprotegido, inocente y noble miembro activo, inofensivo y débil de la oprimida e infravalorada clase trabajadora, no solo quedará archivado y olvidado como una divertida anécdota, sino que pasará a la historia impune y olvidado sin el más leve registro o archivo en los fríos folios de la historia del universo kármico universal; estando además, y sobre todo, plenamente y ridículamente convencidos en lo profundo de su psique vacía, de que se encuentran permanente, infinita, impenetrable y herméticamente resguardados, protegidos, cubiertos, asilados, acorazados e inmunizados por completo de las consecuencias y las repercusiones terrenales civiles, penales y letales directas, y de cualquier oscuro castigo kármico proveniente de lo alto o de las sombras de las calles, todo ello gracias al gigantesco, pesado y espeso escudo protector brillante, invisible y mágico forjado con acero que les otorga y confiere de facto su poderosa, inmerecida, abundante e insaciable cuenta bancaria de millones de dólares, su ridículamente costosa y exclusiva ropa de estrafalario diseñador internacional europeo comprada en las grandes boutiques con dinero fácil o dudoso, su intocable e impune nivel superior e inflado de estatus en las absurdas y crueles clases y altas esferas sociales y, muy particularmente, la ridícula y desproporcionada coraza rodante y blindaje físico de la inmensa mole de acero negro, motor de lujo, y excesiva y gigantesca camioneta militarizada de gama alta y modelo de importación todoterreno extremo que ambos conducen altaneramente por la ciudad y usan grosera e innecesariamente todos los días en asfalto pavimentado plano para intimidar, pitar, aplastar psicológicamente, atropellar y dominar sin escrúpulos el flujo regular y modesto del pesado tráfico urbano del mortal común, ignorando y cediendo de manera agresiva frente a cualquier otro vehículo compacto y barato para ejercer prepotencia visual; todo sin percatarse ni asimilar jamás, que precisamente, bajo la fría y estricta mirada de Dios y de las inescrutables reglas matemáticas perfectas, las fuerzas imparables y destructivas y el complejo tablero de dominó de las oscuras consecuencias inexploradas y ocultas en el caos latente de cómo funciona la implacable, matemática, silenciosa, ciega, feroz, dolorosa, sanguinaria, destructiva y terriblemente letal y espantosa arquitectura oculta y compleja telaraña del inquebrantable, perfecto y aterrador universo kármico humano y retributivo; ellos dos, de color fucsia, se encuentran estúpida y trágicamente caminando de frente y con los ojos vendados directamente, acelerando de bruces, hacia el inmenso muro de hierro sólido incandescente del acantilado oscuro al borde de un abismo gigantesco, monumental, trágica, inmensa, épica y catastróficamente equivocados y condenados al infierno.

El Giro Definitivo y Letal del Destino: El Camión Blindado y el Despertar Furioso de la Bestia Táctica Operativa

Mientras los altaneros, estúpidos, felices, perversos, cobardes y arrogantemente ciegos agresores de llamativa ropa color fucsia neón de exclusivo diseñador europeo caminan de manera pausada, tranquila, altanera, relajada, ruidosa y absurdamente placentera, sintiéndose dueños del viento y la marea a través de la enorme avenida de madera costera y bañados por los cálidos y brillantes rayos solares hacia donde seguramente, con total y absoluta, pero falsa, protección y seguridad de que nadie les interrumpirá jamás su glorioso día perfecto de paseos caros, se encuentra impune e intocablemente estacionado y aparcado frente a algún costoso, ridículo y exclusivo hotel resguardado y seguro de la costa el oscuro, estrafalario y ruidoso motor turbo y el inmenso búnker rodante que conforma y configura de acero negro su obscenamente inmenso, monstruoso, estúpido y costoso vehículo blindado particular, deportivo utilitario militarizado importado de gama increíble, irracional, innecesaria y altísima; todavía ambos infelices personajes superficiales sintiéndose invencibles reyes modernos, comentando, mirándose cínicamente y riéndose de forma estruendosa, sonora, estridente, prolongada y a repetidas, violentas e histéricas carcajadas ahogadas de villanos caricaturescos y exagerados y en voz alta y burlesca del espantoso, intenso, profundo, traumático, asfixiante, abrumador, existencial e irreparable y horripilante llanto de puro e inmenso dolor agónico y ajeno de un abuelo llorando, como si en el mundo de su retorcida psicología social narcisista extrema, alguien con el don de la estupidez masiva y corrosiva acabara casual e improvisadamente de contar, en el medio de una exclusiva reunión, recepción y cóctel de un banquete frívolo, aburrido y de gala ruidosa, el mejor, más brillante, estúpido, cruel e ingenioso chiste improvisado negro, tonto y banal que se haya escuchado en todo su inútil existencia del día de fin de semana aburrido; e ignoran completa, sorda, cobarde, patética, absoluta, voluntaria, negligente y por completo, todo ello de una forma tan absurdamente fatal, peligrosa, ridícula, negligente, cósmica, ciega, imperdonable, letal y profundamente, infinitamente asombrosa y totalmente estúpida, el inmenso, gigantesco e invisible tamaño de la onda expansiva de las dolorosas repercusiones y un inmenso y minúsculo detalle logístico, oculto, histórico, geográfico, biológico, de parentesco, de uniones de sangre y genealógico; un dato militar, vital, estratégico, abismal, oscuro y gigantesco; la imponente presencia invisible que, cual espectro vengativo escondido en la telaraña de las casualidades que rigen silenciosamente la inmensa metrópolis, se oculta tras los frágiles pedazos de macetas astilladas y está silenciosa, siniestra, paciente y a escasos, contados, oscuros y asfixiantes e irreversibles minutos de tiempo de vuelo letal y de reloj biológico a punto para detonarse como una carga de C4 y de aplastarse y derribarse con el inmenso, infinito y destructivo peso aplastante e inminente como una pesada guillotina metálica, inquebrantable, oxidada e infernal dispuesta únicamente a aniquilar de forma total todo lo que conocen, a arruinar de manera estrepitosa, asfixiante, humillante y total su tranquilidad absoluta y para, indiscutible y obligatoriamente cambiar el torcido y tranquilo rumbo preestablecido, superficial, patético, vacío y aburrido de sus podridas, miserables, estúpidas, vacías, asquerosamente protegidas, cobardes, asépticas, indolentes y frívolas vidas burguesas llenas de impunes caprichos y lujos para toda, eternamente e infinita la eternidad; transformando ese mismo, iluminado y soleado día azul sin ninguna sola posibilidad legal, civil, física, económica, técnica, militar o divina de alguna pequeña advertencia, escape cobarde, evasión nocturna o de cualquier minúscula, misericordiosa e inútil ventana estrecha con salvación alguna o de que se produzca una interrupción, freno, arrepentimiento e indemnización y de que finalmente haya un hipotético, cobarde, mágico y salvador retorno a la vida como la conocían.

Ese anciano triste, apacible y humilde trabajador solitario, pacífico, callado y honorable vendedor rural, noble, bondadoso de inofensiva mirada e inmensamente lloroso, bañado en angustia vital, destrozado en espíritu y postrado trágica y arrodillado de bruces de manera triste e impotente y aparentemente débil, frágil e inútilmente derrumbado con violencia y miedo de viejo, temblando por el pánico violento que le provocó ese cobarde empujón, arrojado, lanzado, asustado y cayendo y besando frente a frente a las duras y resbaladizas maderas secas calientes por los ardientes y dolorosos adoquines rayados en el suelo entarimado; ese viejo desvalido dolorosamente vestido y disfrazado irónicamente de pies a pesada y arrugada cabeza bajo sus pesadas y humildes e ignoradas ropas utilitarias, protectoras, funcionales y anticuadas de un polvoriento artesano viejo y sucio trabajo rudo manual manchado sin descanso gastadas por el fuego con un overol amarillo de tela y su rústica e ignorada camisa vieja roja; pues, bajo toda regla, asombro, estupor e investigación detallada, no es para nada y ni se acerca, ni de manera remota, por asomo y de modo o forma mínimamente cercana o microscópico, al patético estereotipo urbano fácil e inventado que esos miserables pijos, los agresores ricos de gafas, armaron y tejieron perezosa, clasista y velozmente en cinco miserables y banales segundos mentales al primer vistazo y contacto dentro de su limitado cerebro podrido: no se trata de ninguna insignificante o pobre alma humana triste perdida y estorbo urbano patético, ni es un pobre, viejo e infeliz hombre solitario triste de la calle, indigente desprotegido del asfalto o un triste ignorado cobarde errante abandonado asquerosamente sin hijos a su triste e infeliz suerte, huérfano triste de todo el amparo familiar legal en vida y desprotegida presa que fue despreciada, olvidada y pisoteada cobarde y amargamente como un perdedor descartado en la sucia acera por la compasión, piedad y la lástima compasiva de la moderna e indiferente sociedad del enorme, asfixiante e insensible mundo entero material y cínico.

Ese viejo del overol amarillo brillante de pana y la majestuosa, respetable e icónica barba larga, suave y esponjosa plateada de respetado sabio de algodón blanco inmaculado es, para un inmenso y fatal shock existencial y pavor infinito de las ratas vestidas de alta y perfumada alta costura burguesa y extranjera de marca, ni más ni menos que, por la directa gracia divina letal, el queridísimo y venerado patriarca líder absoluto de los suyos, inmensamente amado pilar fuerte sin discusión de una respetable familia unida. Y, en especial y más aterrador, peligroso y letal, es el abuelo biológico directo e intocable, inmaculadamente sagrado, del oscuro hombre más violento de las fuerzas federales al que ningún, pero en verdad ni el más demente ser humano cuerdo que habite, duerma o despierte respirando, jamás y en el transcurso de ninguna pesadilla y ni bajo el influjo y tortura de las demencias de un juicio oscuro sin control y cobardía de todo su sano, completo y cabal razonamiento y juicio mental de la tierra; desearía el horror oscuro de encontrarse jamas cruzando, bloqueando y desfilando por el camino angosto equivocado ni, por obra del propio e indeseable pánico cobarde; desearía inscribirse voluntaria o involuntariamente en ninguna carpeta archivada y tener registrado estúpida, ingenua, sádica y fatalmente con la indeleble, gruesa, brillante e intensa pintura de tinta espesa roja sangre oscura brillando iluminada en la interminable lista negra de una carpeta clasificada bajo alta e impenetrable máxima estricta y absoluta alta seguridad de letales archivos oscuros de inteligencia, y estar ahí registrado irrevocablemente marcado por fuego vivo ardiente para fungir permanentemente, como su único enemigo e infranqueable obstáculo número uno vivo, su peor e indeseable enemigo público directo a neutralizar y jurado para aniquilar y humillar públicamente sin pausa o interrupción.

La magistral, intensa, electrizante y tensa dirección y narrativa dinámica, puramente cinematográfica, agresiva y visual cruda e imparable del sangriento evento y desastre público filmado callejero y grabado de forma oculta en la red y las esquinas; no duda un milisegundo al presionar y forzar de inmediato, realiza en este doloroso y crucial punto álgido y de desesperación pasiva un agresivo, violento y brutal corte agresivo directo de lente y plano, y una abrupta, brutal transición de violento cambio asombroso de cámara abrupto de puro y puro corte brutal militar, inmenso, vertiginoso, asfixiante e impactante de alto y rápido nivel cinematográfico, completamente repentino, duro, sorpresivo y de energía hiperactiva y verdaderamente brillante, electrizante e impactante inyección cruda de alta pura adrenalina al cráneo espectador, el cual nos empuja y secuestra sacándonos obligatoria y abruptamente arrojándonos violentamente y sin advertencias o cinturones mediante de un solo asombroso, estridente, brusco, violento e imponente golpe seco, potente y destructivo y fuerte azote directo a los sentidos crudo, duro, seco, asombrosamente rápido, estruendoso, metálico y pesado, desvaneciendo instantánea y visualmente a negros del brillante e impune lujo y golpe ciego visual del amplio e inmaculado mundo de la irreal, frívola y asfixiantemente ridícula atmósfera abierta de una cálida, luminosa, hipócrita e intensamente iluminada y asfixiante por los calientes rayos en la despejada, asoleada, superficial y frívola playa falsa e inmensa y extensa plaza dorada y comercial de un largo y costoso muelle falso frente al sol de madera de la cobarde, estúpida e iluminada de la costosa calle falsa de los asesinos agresores, y sumergiéndonos, arrastrándonos e hundiéndonos agresiva y rápidamente, bajando y descendiendo de manera violenta, rápida, asfixiante, agónica e increíblemente hacia la densa pesadilla de las entrañas ocultas a un ritmo profunda, tensa, agresiva, frenética y rápida, sumamente densamente asfixiada, violenta y vertiginosamente acelerado sin posibilidad de parpadear y directo hacia lo hondo y letal de un espacio físico sombrío enclaustrado hacia y hacia abajo al profundo, opresivo, militar y asfixiante y agónico al tenso abismo y agresivo oscuro y asfixiante hacia la asfixia letal ambiente sombrío y del interior apretado negro metálico de inmenso terror negro, del aire acondicionado frío, militar, del denso, agudo y asfixiante frío gélido del ambiente sumamente denso, oscuro, fuertemente cargado e inmensamente, dolorosamente y pesadamente e insoportablemente denso, crudo, duro, y abrumador e infranqueablemente opresivo de tensión pura, aire acondicionado congelante en un espacio confinado y agudamente asfixiante, abrumadoramente estricto y en donde domina el insoportablemente agudo pánico negro, altamente claustrofóbico e intensamente silencioso de un hermético, amenazante y denso y sumamente agresivamente tecnológico blindaje pesado de las densas oscuras entrañas y estrechos e intimidantes fríos negros y asfixiantes en un pasillo e interior metálico duro, secreto e inexpugnable, encriptado de forma letal, pesado pasillo tecnológico de un gran inmenso ambiente agudo asfixiantemente letal de alta y letal tensión militar táctica de asalto federal del frío inmenso silencio amenazante militar y de una tensa oscuridad densa, sombría táctica militar e intensa letal negra del interior oscuro, crudo metálico claustrofóbico, secreto y sombrío, agresivamente estricto herméticamente frío interior negro asfixiante encubierto y tenso, de asfixiante ambiente frío metálico de un inmenso y tenso pesado denso acero militar opresivo crudo metálico y negro frío asfixiante acero letal blindado oscuro. Un interior de operaciones letales móviles densas.

Exactamente en el centro de esta sala iluminada con los rojos neones letales de los radares parpadeantes, rodeado de toda esa compleja maraña de cables y monitores infernales de temperatura rojiza táctica de radar; irguiéndose con la inmensidad aterradora de un rascacielos blindado que impone una densa sombra destructiva y oscura, se encuentra el titán armado, un letal pilar implacable: el Comandante. Un tipo curtido de 30 años, letal y asfixiante. En un encuadre cerrado, se aprecian sus densos tatuajes negros letales que trepan y ahogan toda la superficie ancha de su musculoso, agresivo, grueso y curtido cuello castrense. Tiene el duro rostro cubierto a la mitad, y su penetrante mirada está enmarcada por un cabello recogido hacia atrás en una larga y estricta coleta, revelando su naturaleza salvaje. Viste un traje, un asfixiante y pesado chaleco antibalas táctico modular; porta una temible indumentaria urbana pesada que absorbe toda la luz exterior de un negro azul oscuro noche opresivo y asfixiantemente azul letal que intimida el alma. Un imponente, grueso, impenetrable, intimidante, agresivo, asfixiantemente blindado y fuertemente pesadísimo traje oscuro completo reglamentario del más avanzado material denso y duro de asalto e intervención táctica.

Y en este colosal, opresivo y denso minuto; la máxima alarma crítica roja, letal y asfixiante, el absoluto único punto brillante y parpadeante de intensa crisis que incendia su pantalla y devora, asfixia, abruma y monopoliza de un brutal zarpazo oscuro cada neurona, la agónica rabia asfixiante que consume su densa brújula interior agresivamente familiar de honor es: su noble y amado abuelo en crisis y peligro. Porque en la pantalla oscura difuminada, envuelto en una densa sombra melancólica del camión que asfixia con pena pura y oscura dolorosamente el opresivo encuadre gris del fondo agónico de esa pesada e infranqueable fortaleza táctica blindada móvil que los alberga a ambos; se asoma con tristeza el viejo destrozado y humillado de rodillas; sollozando asfixiantemente en silencio.

El comandante táctico se prepara para destruir a los infelices asquerosos. No será rápido.

La Ruptura Frontal, Aterradora y Denso Desgarro Asfixiante Letal de la Cuarta Pared: El Veredicto Final

En la inmensa, agobiante, tensa, asfixiante y profunda densidad del silencio agudo, metálico y táctico blindado. El hombre levanta lentamente su ancho, enorme, duro, pesado, oscuro y agresivo tatuado y grueso cuello con violencia estricta, y sus oscuros y aterradores y fríos letales ojos que penetran asfixiantemente apuntan fijo; el comandante clava de forma fulminante sus oscuros, enojados, letales, secos y fríamente justicieros ojos directamente en el centro exacto del cristal del lente de la cámara de grabación; que nos obliga y condena de golpe a mantener, aguantando la respiración a la fuerza letal un perturbador, prolongado, asfixiante y realista contacto visual intenso con el espectador en un silencio opresivo.

Nos mira asfixiante a los ojos sin parpadear en esa penumbra opresiva. Rompiendo letal, agónica y asfixiantemente asquerosamente opresivo y letal contacto militar la asfixiante invisible 4ta pared. El aire asfixiantemente agudo asquerosamente opresivo letal y su voz asfixiante, ronca y pesada, llena de letal furia letal ahogada.

Con un tono denso y militar como de orden ejecutoria sentencia:

«estos cobardes destruyeron el trabajo de mi abuelo y se burlaron de sus lágrimas, quieres ver cómo mi escuadrón táctico los intercepta hoy mismo, deja tu me gusta y parte dos está en el primer comentario».

Ahí está la magia algorítmica. Ahora no puedes salir, necesitas ver cómo esos engreídos cobardes, la mujer del saco fucsia brillante asfixiantemente y arrogante neón que estorba la vista, que creía poseer una intocable asfixiantemente pesada armadura legal al patear la carreta, y el tonto inútil que llora y patalea asfixiantemente como es debido de camisa tropical inútilmente brillante y vistosa; son derribados, como cucarachas inútiles. Imaginar cómo esa inútil camioneta asfixiantemente grande importada inútilmente blindada, como son arrastrados y asfixiados de terror letal inútil por ese imponente monstruo asfixiantemente azul nocturno y sus asfixiantes unidades letales y oscuras blindadas, destrozando toda su falsa asfixiantemente patética estúpida protección monetaria asfixiantemente falsa a escudos militares pesados oscuros asfixiantemente letales e inmensamente duros. Ese debate asfixiantemente profundo se alza.

¿Quién de todos los asfixiantes opinadores cree usted verdaderamente y asfixiantemente en el fondo de su pesado y asfixiante corazón que tiene verdaderamente la inmensa, dolorosa asfixiante razón pura absoluta asfixiante en esta espeluznante letal historia oscura, cruel y letal asfixiante? ¿Quién cree usted verdaderamente que tiene la razón pura y asfixiantemente absoluta letal en esta historia letal? ¿Alguien defiende los pijos zapatos de diseñador, o a la implacable, dolorosa y justa justicia de los cañones asfixiantes y las leyes de las calles y del nieto armado de asfixiante poder absoluto militar y furia familiar inquebrantable? Tienes la obligación imperiosa, asfixiantemente urgente y letal e indetenible de dirigirte al oscuro, pesado e infranqueable mar de asfixiantes y pesados miles de comentarios asfixiantemente virales inútiles para, de una vez, dar asfixiante clic al pesado, largo asfixiante e ineludible enlace azul oscuro ineludiblemente clavado asfixiantemente que resplandece en el primer asfixiante solitario primer comentario que condena tu curiosidad a devorarte lentamente y asfixiantemente ver en su inmenso esplendor puro y asfixiantemente oscuro esa esperada e inmensa venganza asfixiante.

¿Qué te parece esta nueva versión y el rediseño total de los personajes para la historia?


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