LOS JARRITOS DE BARRO DESTROZADOS POR CAPRICHO Y EL MARCAPASOS DE SU ESPOSO: UNA PAREJA SOBERBIA PASÓ SU CAMIONETA VERDE SOBRE EL PUESTO DE UNA ABUELITA DE OCHENTA Y TRES AÑOS PARA REÍRSE DE SU HUMILDAD, PERO DOS CARGADORES DEL MERCADO LES DIERON UNA LECCIÓN QUE JAMÁS OLVIDARÁN

No existe acto más cobarde ni escena que cause mayor indignación en el corazón de la gente trabajadora que ver cómo dos jóvenes llenos de soberbia utilizan las pesadas llantas de una camioneta de lujo para aplastar, entre carcajadas burlonas, el único sustento de una anciana de ochenta y tres años que trabaja sentada sobre el suelo desde el amanecer. Quienes caminan por la vida creyendo que el dinero de sus padres les da derecho a pisotear a los ancianos que moldean el barro con sus manos arrugadas olvidan una ley sagrada de los barrios humildes: donde hay gente honrada trabajando de sol a sol, siempre habrá brazos fuertes y corazones valientes dispuestos a defender las lágrimas de una abuela como si fuera su propia madre. En el tradicional Mercado de Abastos de San Antonio, a las nueve y cuarenta y cinco de la mañana de un viernes soleado, doña Teresa —una querida artesana alfarera de ochenta y tres años, con su cabello blanco recogido en un moño bajo y abrigada con su chal tejido color turquesa sobre una blusa crema— terminaba de acomodar con infinita delicadeza treinta y cinco jarritos y tazas de barro cocido sobre el borde delantero de un mantel blanco extendido junto a la pared de ladrillo del corredor principal.
Cada uno de aquellos jarritos de arcilla llevaba impreso el esfuerzo de treinta madrugadas enteras amasando barro frío a las cuatro de la mañana y soportando el calor ardiente del horno de leña. Pero aquella mañana el corazón de doña Teresa latía con una angustia que no daba tregua: en el hospital cardiológico regional se encontraba internado su esposo de toda la vida, don Fidel, de ochenta y seis años, quien necesitaba que doña Teresa depositara antes de la una de la tarde el dinero restante para comprar el marcapasos cardíaco que le implantarían esa misma noche para salvarle la vida.
EL SUDOR DE DOS CARGADORES Y EL RESPETO POR LAS CANAS
A pocos pasos de aquel mantel blanco, justo en la plataforma de descarga de los camiones de harina, maíz y azúcar, trabajaban desde el alba Darío y Tadeo, dos jóvenes estibadores de veintinueve y treinta y un años cuyos brazos musculosos y espaldas anchas cargaban costales de cincuenta kilos durante diez horas diarias. Darío, vestido con su camiseta sin mangas color rojo empolvada de harina blanca, y Tadeo, con su chaleco color caqui sobre una camiseta negra, sentían por doña Teresa un cariño entrañable. Cuando ellos habían empezado a trabajar en el mercado años atrás siendo apenas unos muchachos sin recursos, doña Teresa siempre les regalaba un jarrito de barro lleno de café caliente con canela en las mañanas de invierno y les daba la bendición antes de cada jornada.
Aquella mañana de viernes, después de ayudarle a doña Teresa a bajar sus canastos de mimbre del autobús rural y extender su mantel blanco sobre la acera, Darío y Tadeo habían vuelto a subir dos pesados bultos de grano sobre sus hombros cuando el rugido de un motor de ocho cilindros rompió la paz del corredor peatonal.
Una lujosa camioneta todoterreno color verde oscuro metálico acababa de meterse por la fuerza en el pasillo exclusivo para carretillas de carga y peatones, buscando cortar camino a través del mercado para no esperar el semáforo de la avenida exterior.
Al volante iba Hugo, un joven prepotente de veintisiete años vestido con un polo beige de marca importada y el cabello negro peinado hacia atrás, hijo único del propietario de una cadena de almacenes de pisos y azulejos. En el asiento del copiloto iba su novia Paula, una joven rubia de veinticuatro años con una blusa de seda color magenta que miraba con gesto de fastidio los puestos de verdura y los costales de tierra a través del parabrisas.
LA BURLA DETRÁS DEL PARABRISAS Y EL ESTRUENDO SOBRE EL BARRO
Al avanzar por el corredor central, Hugo vio perfectamente que del lado derecho había espacio suficiente para pasar sin tocar nada, mientras que sobre la orilla izquierda estaba sentada doña Teresa con las piernas cruzadas sobre su mantel blanco y su hilera de treinta y cinco jarritos de barro brillando bajo el sol.
En lugar de mantener su derecha, Hugo redujo la velocidad un segundo, volteó a mirar a Paula con una sonrisa cargada de malicia y señaló con el dedo hacia el puesto de la ancianita:
—Amor, ¿quieres ver cómo le aplasto todos esos jarritos de barro a esa viejita fodonga para que aprenda a no estorbar donde pasan las camionetas de verdad? —dijo Hugo con un tono de burla despreciable.
Paula soltó una carcajada aguda, sacó su teléfono celular para enfocar por el parabrisas y le respondió encantada:
—¡Jajaja, sí, písalos todos de una vez para ver cómo truenan!
Sin la más mínima gota de conciencia ni respeto por los ochenta y tres años de aquella mujer, Hugo giró el volante hacia la izquierda y pisó el acelerador. Las anchas llantas de la camioneta verde subieron directamente sobre el borde delantero del mantel blanco, pasando a escasos centímetros de las rodillas cruzadas de doña Teresa, quien apenas alcanzó a hacerse hacia atrás contra el muro de ladrillo.
El estallido seco y violento de los treinta y cinco jarritos de barro triturándose bajo las toneladas del vehículo retumbó en todo el pasillo como un derrumbe, levantando una nube de polvo rojizo mientras la camioneta verde aceleraba a fondo hacia la salida norte entre las carcajadas de la pareja.
EL LLANTO POR SU VIEJITO Y EL PUÑO DE HIERRO
Al presenciar aquella cobardía a pocos metros de distancia, Darío y Tadeo sintieron que la sangre les hervía de indignación. Soltaron al instante los pesados costales sobre las tarimas de madera y corrieron a toda velocidad hacia donde estaba doña Teresa, mientras decenas de comerciantes y compradores se acercaban gritando contra los ocupantes de la camioneta.
Sentada sobre su mantel blanco atravesado por la huella negra del neumático, doña Teresa tomaba entre sus manos temblorosas y arrugadas las asas rotas y los fragmentos inservibles de sus jarritos, mientras las lágrimas caían a chorros por los surcos profundos de su rostro:
—¡Mi trabajo de todo el mes entero, Dios santo! —sollozaba la ancianita con la voz partida por un dolor desgarrador—. ¡Con esta venta iba a pagar hoy al mediodía el marcapasos de mi viejito en el hospital… sin ese aparato su corazón no va a aguantar, qué voy a hacer ahora sin un solo centavo!
Tadeo se arrodilló sobre el pavimento junto a ella y rodeó sus hombros frágiles cubiertos por el chal turquesa para consolarla:
—Tranquila, abuelita Teresa, por favor no llore así… usted no está sola en este mercado, aquí estamos nosotros dos con usted y a don Fidel no le va a faltar su operación.
A su lado, Darío clavó la vista en las manos temblorosas de aquella anciana que tantas mañanas les había dado café caliente cuando tenían frío. Cerró su mano derecha formando un puño tan firme que los nudillos se le pusieron blancos y miró hacia la salida del mercado con una determinación de acero:
—No se preocupe por nada, doña Teresa, le doy mi palabra de hombre que nosotros mismos nos encargaremos de esto ahora mismo.
LA CAMIONETA DE CARGA Y EL BLOQUEO EN EL CRUCE VIAL
Darío y Tadeo salieron corriendo por el pasillo trasero de las bodegas, saltaron dentro de la cabina de su vieja pero potente camioneta pickup de reparto y encendieron el motor de un rugido. Cortando camino por la calle lateral de los talleres, salieron directamente al cruce del bulevar comercial, justo donde un retén de supervisión de la policía de tránsito y una grúa municipal reducían la circulación a un solo carril a dos cuadras del mercado.
Allí, detenida detrás de un camión de mudanzas esperando pasar, estaba la reluciente camioneta verde oscuro de Hugo.
Sin dudarlo un instante, Darío adelantó por el acotamiento y cruzó su vieja pickup de carga justo delante del parachoques de la camioneta verde, cerrándole por completo el paso, mientras Tadeo bajaba corriendo junto al inspector general del mercado, quien acababa de llegar en su motocicleta con la copia del video de alta definición captado por las cámaras de seguridad del pasillo central.
Hugo bajó el vidrio polarizado rojo de furia, tocando la bocina con prepotencia:
—¡Quiten esa chatarra mugrosa de mi camino, muertos de hambre, o llamo a los almacenes de mi papá para que los metan presos! —gritó Hugo fuera de sí, mientras Paula seguía burlándose desde el asiento del copiloto.
Pero la soberbia se les congeló en el rostro cuando cuatro agentes de la policía vial y más de cincuenta locatarios del mercado rodearon la camioneta verde. Cuando el comandante del puesto vio en la tableta del inspector el video con audio donde Hugo invadía el corredor peatonal prohibido, frenaba y giraba el volante intencionalmente hacia el mantel blanco de la anciana mientras Paula grababa riéndose, ordenó a Hugo apagar el motor y descender del vehículo en el acto por daños dolosos a la propiedad, conducción temeraria contra una adulta mayor de ochenta y tres años y fuga del lugar.
Para desgracia de Hugo, la camioneta estaba registrada a nombre de la comercializadora de su padre, don Esteban, cuyas oficinas centrales quedaban a tres cuadras del bulevar y quien se presentó en el sitio diez minutos después tras ser notificado por la autoridad vial sobre la retención de la unidad.
Cuando don Esteban vio el video de lo que su hijo y su novia habían hecho por pura crueldad contra una anciana de ochenta y tres años que reunía dinero para el marcapasos de su esposo enfermo, el empresario sintió que la cara se le caía de vergüenza frente a toda la ciudad. Don Esteban había salido de abajo trabajando como albañil en su juventud y sabía perfectamente lo que costaba ganarse cada moneda con el sudor de la frente.
EL ESCARMIENTO DE RODILLAS Y LA RECOMPENSA A LA BONDAD
Delante de los policías, de Darío, de Tadeo y de toda la multitud reunida, don Esteban le arrebató de las manos las llaves de la camioneta verde a su hijo, le canceló las tarjetas bancarias en ese mismo minuto y le habló con una autoridad implacable:
—¡En mi casa jamás te eduqué para ser un cobarde que pisotea el trabajo de una anciana! —sentenció don Esteban con el rostro encendido de indignación—. Ahora mismo vas a regresar caminando con esta señorita hasta donde está esa señora, vas a limpiar el suelo con tus propias manos y vas a pagar con hasta el último dólar de tus ahorros el daño que hiciste.
Caminando con la cabeza gacha en medio del silencio severo de toda la plaza comercial y escoltados por la patrulla y por la pickup de Darío y Tadeo, Hugo y Paula llegaron hasta el mantel blanco de doña Teresa.
Allí, frente a todo el mercado, ambos tuvieron que arrodillarse sobre el pavimento para recoger uno por uno los pedazos de barro roto, guardarlos en una caja y pedirle perdón a doña Teresa mirándola a los ojos.
Acto seguido, bajo supervisión policial y por orden directa de su padre, Hugo tuvo que entregar los cuatro mil ochocientos dólares que tenía en su cuenta personal directamente en las manos de doña Teresa. Además, don Esteban se trasladó personalmente con ellos al hospital cardiológico para dejar pagado al cien por ciento el marcapasos de última generación y todos los gastos médicos de don Fidel, y mandó a construir con los mejores azulejos y maderas de su empresa un hermoso local fijo con vitrina e iluminación en la entrada principal del mercado para doña Teresa.
Hugo fue puesto desde el lunes siguiente a cargar cajas de cerámica en la bodega de su padre sin auto y sin tarjetas para aprender el valor del trabajo humilde, Paula se marchó avergonzada al quedarse sin paseos de lujo, y doña Teresa abrazó entre lágrimas de bendición a Darío y a Tadeo, demostrando que quien defiende a un anciano indefenso siempre tiene a Dios y a la justicia de su lado.
0 comentarios