El segundo más largo del mundo: La aterradora noche en que una feria de luces se tragó a un niño bajo la mirada de un payaso

Publicado por Emontero el

La seguridad es, en muchas ocasiones, la ilusión más frágil que construimos los seres humanos para poder caminar por el mundo sin volvernos locos. Creemos firmemente que en los lugares diseñados para la alegría familiar, en los recintos donde la risa infantil es la banda sonora principal y las luces de colores iluminan cada rincón para alejar las sombras, el mal no tiene permiso para entrar. Las ferias, los carnavales y los inmensos parques de atracciones son, por definición cultural, burbujas de felicidad absolutas; espacios mágicos donde los padres pueden relajar la guardia, comer golosinas hipercalóricas y ver a sus hijos maravillarse con la inmensidad de una rueda de la fortuna que parece tocar las estrellas. Sin embargo, es precisamente en esa distracción colectiva, en esa relajación generalizada de nuestros instintos más primarios de supervivencia, donde los verdaderos depredadores encuentran su terreno de caza más fértil, anónimo y productivo.

Si estás leyendo este extenso, minucioso y profundamente escalofriante artículo, es porque el fragmento de video que acabas de ver en tus redes sociales ha tocado la fibra más sensible, dolorosa y aterradora que reside en el núcleo de tu instinto protector. Ver a una madre, ocupada en un acto tan cotidiano, inocente y lleno de amor como comprar un algodón de azúcar rosado gigante, perder a su único hijo en el lapso exacto que toma sacar una billetera y girar la cabeza, es la materialización absoluta de la peor pesadilla humana. Esta no es una simple historia de terror ficticio para contar alrededor de una fogata; es un retrato crudo, psicológico, asfixiante y dolorosamente real de cómo la tragedia nunca anuncia su llegada con truenos ni relámpagos de advertencia. En su lugar, se infiltra silenciosamente entre la multitud ruidosa, disfrazada con capas de pintura blanca, una sonrisa roja plástica y exagerada, y la falsa pero magnética promesa de un juego de feria completamente gratuito.

Esta es la crónica completa, detallada segundo a segundo y minuto a minuto, de la noche que destrozó el universo de Valeria; del pequeño e inocente Mateo, cuyo globo rojo se convirtió en el símbolo universal y flotante de la pérdida; y del siniestro, calculador e invisible individuo que utilizó el disfraz arquetípico de la alegría para cometer el acto más vil, oscuro e imperdonable que concibe la sociedad. Un análisis profundo, médico y sociológico sobre la inmensa vulnerabilidad infantil en espacios masivos, la retorcida psicología del secuestro de oportunidad en lugares altamente concurridos, la brutalidad fisiológica del pánico maternal cuando se pierde a una cría, y la frenética carrera táctica contra un reloj de arena invisible cuando las pesadas puertas de una feria itinerante se convierten en la única frontera tangible entre la salvación milagrosa y el abismo irreversible.

Capítulo I: La ilusión magnética de neón y la falsa promesa de una noche mágica y blindada

Para poder dimensionar el profundo abismo de oscuridad en el que cayó Valeria de manera repentina, primero debemos entender y visualizar la cegadora luminosidad del escenario en el que se encontraba. La gran feria anual había llegado a la ciudad a principios de semana, instalándose en un inmenso descampado municipal que, durante treinta días, se transformaba en una metrópolis brillante, ruidosa e hipnótica que atraía a miles de visitantes cada noche. El aire fresco de la noche estaba saturado de una mezcla embriagadora, densa y pesada de olores característicos: el azúcar caramelizado de las manzanas rojas, la grasa hirviendo de los puestos de churros, el fuerte olor a aceite mineral de las gigantescas máquinas mecánicas, la pólvora quemada de los juegos de tiro al blanco y el inconfundible aroma dulce del algodón de azúcar girando a gran velocidad en las máquinas centrífugas. La cacofonía de sonidos era constante y abrumadora; un manto grueso de ruido compuesto por la alegre música de organillo de un carrusel cercano, los gritos de adrenalina y emoción provenientes desde las altas estructuras de las montañas rusas, las sirenas de victoria de los juegos de premio y el bullicio incesante de miles de personas caminando hombro con hombro a lo largo de los estrechos pasillos de asfalto.

Valeria, una valiente madre soltera y trabajadora incansable que a duras penas llegaba a fin de mes con su salario, había planeado esta noche durante varias semanas ahorrando cada moneda. Era el premio prometido para su pequeño hijo Mateo, de apenas siete años recién cumplidos, por haber obtenido excelentes calificaciones en sus exámenes finales de la escuela primaria a pesar de las dificultades económicas en casa. Mateo era un niño que literalmente irradiaba vida, dueño de una imaginación desbordante, unos ojos grandes y oscuros llenos de asombro, y una ingenuidad pura que su madre protegía con un recelo casi animal. Esa noche en particular, Mateo vestía su prenda favorita en todo el mundo: una colorida camiseta con un patrón tie-dye, una espiral de colores vibrantes y eléctricos que su madre le había comprado en una barata y que, sin saberlo, lo hacía destacar como un faro entre la multitud predominantemente vestida con tonos oscuros de noche. Atado firmemente a su pequeña muñeca derecha con un hilo brillante y resistente, flotaba un inmenso globo de helio color rojo sangre, el ansiado trofeo de la primera atracción de dardos que habían visitado al ingresar al recinto.

Madre e hijo caminaban tomados fuertemente de la mano, maravillados por la intensa sobreestimulación visual que ofrecía el lugar. Valeria, vistiendo una cómoda y práctica chaqueta de color beige claro con múltiples bolsillos para protegerse de la ligera brisa nocturna de otoño, sentía esa profunda e inigualable satisfacción que solo los padres conocen y atesoran al ver el reflejo directo de las luces de neón parpadeantes en los ojos maravillados e inocentes de su hijo. Era una noche perfecta. Una noche blindada, aparentemente, contra el dolor, el estrés y las deudas. O al menos, eso es lo que el ambiente festivo, mágico y artificial les hacía creer a nivel subconsciente. Lo que Valeria y las miles de familias presentes no sabían, ni querían imaginar, era que entre las largas e impenetrables sombras proyectadas por las gigantescas estructuras de metal de los juegos mecánicos, un par de ojos que no pertenecían al reino de la diversión los había estado observando, analizando su rutina y eligiéndolos como presa entre la multitud.

Capítulo II: El instante fatal, la confianza traicionada y el susurro tóxico del depredador

La multitud empujaba y fluía incesantemente como un río humano incontrolable por las arterias principales del parque de diversiones. Al pasar cerca de la plaza central, el corazón neurálgico de la feria, el inconfundible, nostálgico y dulce aroma del azúcar fundido captó de inmediato la atención de Valeria. A la izquierda del congestionado camino principal, un reluciente puesto ambulante, iluminado con cientos de bombillas incandescentes de luz cálida, ofrecía algodones de azúcar que rivalizaban en tamaño con pequeñas nubes rosadas. Valeria sabía, con esa intuición de madre, que ese dulce específico era el cierre perfecto para la velada antes de emprender el largo camino a casa.

Se detuvieron justo frente al alto mostrador de aluminio del puesto de golosinas. Valeria soltó la pequeña mano de Mateo por un brevísimo microsegundo, un acto reflejo e involuntario, única y exclusivamente para buscar su abultada billetera dentro del profundo bolso de cuero que colgaba pesadamente de su hombro derecho. El ruido ambiente a su alrededor era ensordecedor; una mezcla de música pop de los parlantes cercanos y el griterío de la gente. Plenamente consciente del peligro latente e inherente de soltar físicamente a un niño en un lugar tan vasto y abarrotado de extraños, Valeria bajó la mirada hacia la carita iluminada de Mateo, lo miró directamente a los ojos oscuros y pronunció la instrucción que, horas más tarde, se repetiría como un eco tortuoso, implacable y destructivo en su mente por el resto de su vida.

«Mateo», dijo Valeria con voz muy firme, articulando cada sílaba y asegurándose de que el niño la escuchara claramente por encima del estruendo de la música de la feria. «No te muevas de aquí. Quédate exactamente donde estás, a mi lado».

El pequeño Mateo, confiado al cien por ciento en la burbuja de seguridad que le brindaba la presencia física de su madre a escasos veinte centímetros de distancia, asintió obedientemente con su pequeña cabeza, sin apartar del todo la vista de la fascinante máquina que tejía hilos de azúcar rosa en el aire. «Sí, mamá», respondió rápidamente, su aguda voz infantil perdiéndose casi de inmediato en el inmenso y abrumador estruendo ambiental de la plaza.

Satisfecha con la respuesta, Valeria se giró hacia el cansado vendedor del puesto, entregándole un billete de denominación alta y esperando pacientemente su cambio mientras la enorme nube de algodón rosa le era empacada y entregada en un cono de papel. Su espalda estaba temporalmente, pero completamente, expuesta al pasillo principal. Su atención estaba desviada hacia la transacción económica. Fueron tres, tal vez cuatro segundos en total. El tiempo cronometrado exacto que necesita un cazador experimentado y silencioso para arrebatar una vida del mundo de los vivos.

En ese preciso y oscuro lapso de tiempo, mientras la atención fragmentada de Mateo vagaba por el caleidoscopio de colores vivos de la feria a su alrededor, una figura grotesca, ancha y completamente silenciosa bloqueó de golpe su campo de visión, agachándose muy lentamente, con una fluidez antinatural, hasta quedar exactamente a la misma altura de los ojos del indefenso niño.

Era un payaso. Pero no uno de los anfitriones amables, ruidosos y torpes contratados por la administración del parque para repartir globos. Este oscuro individuo llevaba un traje excesivamente holgado y saturado de colores chillones que parecían sucios, manchados y desgastados por años de uso indebido. Su maquillaje facial era una parodia grotesca y aterradora de la felicidad tradicional: una inmensa e irregular sonrisa roja pintada rudamente sobre una base de blanco cadavérico y agrietado, exagerando los rasgos faciales humanos hasta rozar el límite de lo perturbador y lo antinatural. Sin embargo, lo más escalofriante de su apariencia, lo que helaría la sangre de cualquier adulto racional, eran sus ojos; profundamente hundidos bajo la pintura oscura que los enmarcaba, parecían brillar con una luz propia, amarillenta, antinatural y fríamente depredadora.

A pesar de la apariencia siniestra que alertaría a cualquier persona madura, la mente en desarrollo de un niño de siete años, cultural y mediáticamente condicionada para asociar intrínsecamente a los payasos con la diversión, la magia y los premios en ese entorno festivo específico, no registró la vital señal de alarma neurológica. El payaso no hizo un movimiento brusco. No intentó agarrarlo por la fuerza bruta, lo cual habría provocado un grito. En su lugar, el monstruo utilizó el arma psicológica más antigua, pulida y efectiva del mundo contra la inocencia infantil: la curiosidad extrema y la codicia inocente.

El hombre disfrazado extendió lentamente una mano gruesa cubierta por un guante blanco y asquerosamente sucio. Entre sus dedos índice y medio sostenía con firmeza un pequeño cartón brillante, un boleto dorado falso con grandes letras metálicas que anunciaban la tentadora promesa de «Free Games» (Juegos Gratis).

«Hola, amiguito…», susurró el payaso, su voz ronca, raspada y perturbadoramente melosa cortando de tajo el ruido exterior de manera casi sobrenatural, creando una intimidad tóxica entre él y el niño. «¿Quieres ganar un premio gigante esta noche?».

La oferta era absolutamente irresistible para el cerebro de un niño parado en el epicentro de un parque de diversiones. Mateo, hipnotizado y olvidando por completo y en fracciones de segundo la orden estricta que su madre le había dado apenas cinco segundos antes, dio un minúsculo e imperceptible paso hacia adelante, alejándose de la pierna de su madre. Sus grandes ojos brillaron con ilusión al ver el codiciado boleto, pensando de inmediato en los inmensos y costosos osos de peluche que colgaban inalcanzables en las altas casetas de tiro al blanco del fondo de la feria.

«¿Gratis?», preguntó Mateo, su aguda voz cargada de una ingenuidad y una esperanza que partía el alma.

El payaso de la sonrisa pintada asintió lentamente en silencio, ampliando aún más su perturbadora e irreal mueca roja, y con un movimiento rápido como el ataque de una serpiente, cerró su inmensa mano enguantada con una firmeza brutal e inquebrantable alrededor del pequeño y frágil brazo de Mateo. La trampa mortal se había cerrado herméticamente, sin hacer un solo ruido que alertara a la multitud.

Capítulo III: El algodón rosado en el sucio asfalto y el solitario vuelo del globo rojo

Valeria, ajena al drama cósmico que se desarrollaba a sus espaldas, recibió su cambio de monedas de las ásperas manos del vendedor, sonrió por pura cortesía social y tomó con ambas manos el gigantesco cono de algodón de azúcar rosado. Su corazón de madre estaba perfectamente tranquilo, su respiración era rítmica. Se dio la vuelta con un movimiento rápido y fluido, esperando instintivamente ver la vistosa camiseta tie-dye de su hijo, escuchar su risa y ver su gran sonrisa lista para devorar el monstruoso dulce que le había comprado. La palabra de cariño ya se estaba formando automáticamente en sus labios.

«Mateo, mi amor, mira lo que…», comenzó a decir Valeria, con una sonrisa en el rostro.

Pero la frase murió trágicamente en el fondo de su garganta, asfixiada de golpe por una inyección masiva de adrenalina pura y gélida que le paralizó el sistema nervioso central en cuestión de milisegundos.

El espacio físico donde Mateo había estado parado firme un segundo antes, el espacio exacto frente al grasiento mostrador de metal del carrito de comida, estaba absoluta y aterradoramente vacío. No había rastro alguno de la brillante camiseta de colores. No había rastro de la altura del niño. Solo existía un mar frenético e indiferente de piernas de personas desconocidas que caminaban rápidamente de un lado a otro, empujándose, conversando y riendo a carcajadas, total y dolorosamente ajenas a la catástrofe humana que acababa de nacer frente a sus narices.

El pánico maternal de perder a una cría es una emoción primitiva que no tiene ningún tipo de comparación en la vasta biología humana. Es un terror atávico, profundo, visceral y devastador que anula al instante el neocórtex, destruye la razón lógica y activa un estado de alerta máxima y violenta en el cerebro. La mente de Valeria se negó rotundamente a aceptar la terrible realidad de la situación durante un microsegundo de negación pura. Giró rápidamente sobre su propio eje, mirando frenéticamente a su izquierda, escaneando los rostros, y luego a su derecha.

«¿Mateo?», llamó Valeria, con la voz temblando ligeramente, convenciéndose irracionalmente de que el niño inquieto simplemente se había movido un par de pasos para mirar la vitrina de otro puesto de juguetes. «¡Mateo, no juegues, ven aquí!».

Nadie respondió a su llamado. El mundo siguió girando. La gente a su alrededor continuó su marcha incesante ignorando su creciente y visible angustia. Las señales neurológicas dejaron de llegar a los músculos de las manos de Valeria, los cuales se relajaron de golpe al perder toda la fuerza física a causa del shock inducido por el pánico. El inmenso cono de algodón de azúcar rosado, el premio azucarado que debía ser la feliz coronación de una noche perfecta, se deslizó inútilmente de entre sus dedos paralizados y cayó pesadamente al suelo sucio, manchado y pegajoso de la feria, siendo pisoteado casi de inmediato y sin remordimientos por los descuidados transeúntes que pasaban por allí.

La respiración de Valeria se volvió dolorosamente entrecortada, superficial y extremadamente rápida, rozando la hiperventilación clínica. Sus ojos, ahora abiertos de par en par por el terror absoluto de la revelación, escanearon desesperada y sistemáticamente la multitud circundante, buscando como un radar en medio de la tormenta el único punto de referencia visual que sobresalía invariablemente por encima de las cabezas de los adultos: el brillante, inconfundible y grande globo rojo de helio que estaba atado con un triple nudo a la muñeca de su hijo.

Y entonces, a través de la marea de cuerpos humanos, lo vio.

A unos dolorosos y eternos quince metros de distancia lineal, emergiendo por encima del oscuro mar de gente en movimiento, el globo rojo se soltó de la nada, como una mancha de sangre ascendiendo hacia las nubes. El hilo brillante que debía estar atado con seguridad a la muñeca de Mateo flotaba suelto, bailando libremente en el aire nocturno. Con una lentitud agónica, teatral y cruel, como si el propio tiempo se estuviera burlando sádicamente de su tragedia personal, el globo rojo comenzó a ascender en línea recta, separándose de la multitud caótica, elevándose inexorablemente hacia el cielo nocturno y oscuro, perdiéndose poco a poco en el infinito negro del firmamento, pasando justo por delante del imponente disco de la gigantesca rueda de la fortuna iluminada con estridentes luces de neón azules.

Ese solitario globo rojo suelto era el mensaje más aterrador, definitivo y letal que el universo podía enviarle a Valeria en ese instante. Era la confirmación visual, matemática e indiscutible de que la gruesa cuerda había sido desatada manualmente o cortada con un arma blanca. Un globo de ese tipo, amarrado por ella misma, no se suelta solo en cinco segundos. Su amado hijo no se había perdido caminando tras una distracción. Su hijo había sido arrancado violentamente de su lado por alguien más grande, más rápido y mucho más malvado.

Capítulo IV: La agónica carrera contra el reloj táctico y el cierre policial de las puertas

El grito primitivo que salió desde lo más profundo de la garganta de Valeria no fue un llamado de auxilio convencional; fue el rugido feroz, desgarrador y gutural de un animal herido al que le acaban de robar violentamente a su única cría. Ignorando a todas las personas a su alrededor, perdiendo cualquier rastro de compostura social, empujando cuerpos con una fuerza colosal que no sabía que su frágil cuerpo de treinta años poseía, Valeria comenzó a correr a trompicones en la dirección exacta donde había visto elevarse el globo por última vez.

«¡MATEO! ¡MATEO! ¡MI HIJO!», gritaba a todo pulmón, sus cuerdas vocales desgarrándose, sus lágrimas calientes cegándole la vista y nublando las luces, chocando violentamente contra los hombros y espaldas de desconocidos que la miraban con extrañeza, enojo y repulsión, confundiéndola con una mujer ebria o desquiciada.

La inmensa feria, que hace apenas unos minutos le parecía un paraíso luminoso y seguro de luces parpadeantes, se había transformado repentinamente en un laberinto infernal de sombras amenazantes, callejones sin salida llenos de basura y rostros extraños y deformados por el miedo. Cada hombre alto que se cruzaba en su camino, cada sombra que se proyectaba detrás de la lona de una carpa, cada puerta trasera oscura de los ruidosos puestos de comida le parecía una amenaza inminente y letal. Corrió sin rumbo lógico, guiada únicamente por un instinto ciego, adentrándose en una zona perimetral mucho menos iluminada del parque, cerca de los fríos contenedores de carga industrial donde se guardaba celosamente la pesada maquinaria de los juegos mecánicos.

Estaba al borde físico del colapso total, hiperventilando severamente, sintiendo pinchazos en el pecho y a punto de caer de rodillas contra el áspero asfalto por la drástica falta de oxígeno en su cerebro, cuando su cuerpo menudo chocó violentamente y de frente contra una figura sólida, ancha y uniformada que patrullaba la zona oscura.

Era un oficial de la policía local de turno, ataviado con un uniforme azul oscuro táctico impecable, portando una placa brillante en el pecho y una gorra oficial bien ajustada. El hombre de la ley, de unos cuarenta años y con un rostro endurecido por años de cruda experiencia patrullando calles peligrosas, reaccionó de inmediato con reflejos entrenados al impacto de la mujer. Sostuvo firmemente a Valeria por los hombros tensos con ambas manos para evitar que cayera desmayada al suelo, notando de inmediato con su ojo clínico el severo estado de histeria, dilatación pupilar y pánico crónico en el que se encontraba inmersa la joven madre.

«¡Señora! ¡Cálmese un segundo! ¿Qué pasó? ¡Míreme!», exigió el oficial de policía, su voz profunda, autoritaria y sumamente firme intentando penetrar la niebla del pánico y anclar la mente de Valeria de vuelta a la realidad objetiva.

Valeria lo miró directamente a los ojos oscuros, aferrándose desesperadamente a las solapas de la pesada chaqueta del uniforme policial con sus uñas blancas, como si el oficial fuera el único salvavidas funcional en medio de un océano oscuro y embravecido. Las gruesas lágrimas empapaban su rostro pálido y frío. Su mandíbula temblaba incontrolablemente, impidiéndole articular bien, pero usando el último gramo de energía que le quedaba en los pulmones, logró gritar la frase que detonaría al instante el protocolo táctico de emergencia policial más severo, riguroso e implacable de la ciudad.

«¡Un payaso… un maldito payaso se llevó a mi hijo!», gritó Valeria, su voz rompiéndose en horribles sollozos desesperados que le desgarraban la garganta. «¡Vestía ropa de colores! ¡Tenía un globo rojo y ahora desapareció! ¡Me lo quitaron! ¡Ayúdeme, por el amor de Dios, ayúdeme por favor!».

La expresión profesional del oficial de policía cambió radicalmente en un abrir y cerrar de ojos, perdiendo toda amabilidad. Su extenso entrenamiento táctico tomó el control absoluto de su cuerpo. Un secuestro en curso confirmado, perpetrado contra un menor de edad, en un recinto perimetral abierto con miles de personas circulando, caos sonoro y múltiples y confusas vías de escape hacia la carretera, era el escenario de pesadilla logística definitiva para cualquier fuerza del orden. No perdió un solo milisegundo valioso haciendo preguntas descriptivas inútiles que retrasarían la acción. Soltó de inmediato el agarre sobre los hombros de Valeria, llevó su ágil mano derecha rápidamente al micrófono del radio de comunicación de alta frecuencia sujeto fuertemente a su hombro izquierdo y presionó con fuerza el botón rojo de transmisión general, interrumpiendo y silenciando todas las frecuencias operativas del parque de diversiones y la estación central simultáneamente.

El oficial, con una mirada gélida, penetrante y letal que rompió la cuarta pared de este oscuro drama aterrador mirando hacia nosotros, emitió la orden implacable que decidiría en los próximos minutos el destino final de la vida del pequeño Mateo.

«Aquí unidad táctica siete, código rojo Delta confirmado y en proceso. Posible sustracción forzada de un menor de siete años en el sector sur. Sospechoso masculino disfrazado completamente de payaso de feria», ordenó el policía con una frialdad y rapidez absoluta, su voz resonando en los radios de cincuenta oficiales distribuidos en el parque. «Cierren todas las salidas del perímetro perimetral. ¡Ahora! Repito, cierren todas las malditas salidas vehiculares y peatonales ahora mismo, bloqueen los torniquetes. Nadie entra y absolutamente nadie sale de esta feria bajo ninguna circunstancia hasta nueva orden. Iniciando barrida táctica sector por sector».

El agudo y espeluznante zumbido de las sirenas de docenas de patrullas comenzó a escucharse resonando en la distancia oscura de la carretera, mientras el pánico colectivo comenzaba a propagarse rápidamente, como fuego incontrolable sobre un reguero de pólvora seca, entre la multitud de civiles inocentes que aún comían algodón de azúcar ajenos a la cacería humana que acababa de iniciar.

¿Lograrán los ágiles guardias de seguridad del recinto cerrar los gigantescos y oxidados portones de hierro del parque temático a tiempo, antes de que el siniestro, ágil e invisible payaso logre escabullirse impunemente hacia el enorme estacionamiento oscuro y sin cámaras con el pequeño Mateo sedado en sus brazos? ¿Qué retorcido y oscuro propósito, motivado por qué enfermedad mental, se esconde realmente detrás de los falsos ojos brillantes de ese monstruo sociópata que se camufla y respira bajo un disfraz de alegría y juegos?

Si el corazón te late desbocado en la caja torácica, si la empatía te ahoga el pecho y necesitas imperiosamente descubrir con precisión quirúrgica cada detalle de esta agónica, brutal y violenta persecución a contrarreloj para saber, de una vez por todas, si Valeria volverá a abrazar el cuerpo cálido de su pequeño hijo con vida, ¡no te puedes quedar bajo ninguna circunstancia racional con esta brutal, cruel e insoportable intriga quemándote las entrañas! Te invitamos, casi como una ineludible obligación moral para tu propia paz mental, a hacer clic de inmediato en el enlace azul fijado estratégicamente en el primer comentario de esta publicación. Descubre la impactante, terrorífica e inigualable segunda parte de esta historia de suspenso y acompáñanos hasta el final en la cacería implacable de un depredador urbano que cometió el último y más grande error fatal de su miserable existencia: atreverse a robarle, frente a sus narices, el único hijo a una madre que, empujada por la desesperación, está dispuesta a quemar la ciudad entera, pieza por pieza, para recuperarlo.


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