La Decadencia Moral Acelerada y la Arrogancia Motorizada en las Calles de la Ciudad

En el vasto, vertiginoso, asfixiante y a menudo profundamente desolador escenario de la sociedad hiperconectada, hiperconsumista y extremadamente materialista que define nuestra era contemporánea en pleno siglo veintiuno, nos enfrentamos casi a diario a un fenómeno psicológico, moral, vial y sociológico que amenaza de manera sumamente peligrosa con devorar, aniquilar y evaporar hasta la última gota de los más frágiles vestigios de empatía, compasión, solidaridad ciudadana y decencia humana elemental: la ceguera del privilegio absoluto y el sadismo recreativo motorizado.
En ciertas y muy exclusivas esferas de la vida urbana moderna, donde el poder adquisitivo se confunde de manera asombrosa, errónea, trágica y sumamente arrogante con la superioridad moral, el valor real de un individuo y el derecho intrínseco a adueñarse de las vías públicas, surge como una plaga incontrolable una casta de personas que conducen por el mundo firme, soberbia y ciegamente convencidas de que el resto de la humanidad —muy especial y particularmente los peatones, los ancianos y las personas de a pie— son simples elementos decorativos, estorbos visuales, objetivos de burla o molestos extras desechables, diseñados y colocados en las aceras únicamente para su retorcido, efímero y asqueroso entretenimiento personal en la gran, brillante y narcisista película de sus existencias vacías.
Para estos individuos, cuyas almas han sido rápida y letalmente consumidas por un ego desmedido, inflado artificialmente por la velocidad de sus motores de importación y alimentado a diario por los filtros de las apariencias, la impunidad percibida de sus cuentas bancarias y la validación superficial de sus pares en clubes privados; el respeto al prójimo, el cuidado del espacio público, el dolor ajeno y la inquebrantable e histórica dignidad de las personas mayores son elementos total, absoluta y aterradoramente invisibles. Son conceptos cívicos básicos que simplemente carecen de cualquier tipo de valor tangible en su limitado, frío, estéril y enfermizo ecosistema mental. Su realidad paralela se mide única, exclusiva y matemáticamente en caballos de fuerza, tapicerías de cuero, gafas de sol de diseñador, estatus social ilusorio, likes en redes sociales y una absurda, tóxica, asfixiante e imperdonable creencia de intocabilidad divina sobre el asfalto. Se han desconectado por completo, y quizás de manera irreversible y permanente, del cordón umbilical espiritual, moral y cívico que nos une a todos como sociedad civilizada: el respeto básico por el bienestar del otro.
En este contexto sumamente opresivo, clasista y tóxico, la vulnerabilidad inherente de los peatones, el respeto innegociable por los ancianos de cabellos blancos que caminan pacíficamente por las calles de la ciudad, y la simple cortesía vial, suelen ser pisoteados, humillados y salpicados de lodo con una facilidad, una frialdad y una crueldad que literalmente hiela la sangre en las venas de cualquier espectador que aún conserve un solo y solitario gramo de consciencia humana en su corazón.
La desgarradora, brutal, perturbadora, gráficamente humillante e infinitamente indignante historia que hoy nos convoca de manera urgente en este artículo para desglosarla, analizarla y diseccionarla milímetro a milímetro, segundo a doloroso segundo —y que ha provocado, con absoluta, rotunda, sobrada y justificada razón, un auténtico, volcánico, masivo e incontrolable estallido de ira colectiva, indignación social y una sed de justicia y karma sin precedentes en todas y cada una de las plataformas digitales existentes en la red— es la radiografía exacta, visual, descarnada y aterradora de esta misma podredumbre moral que mancha diariamente el asfalto de las avenidas más hermosas de nuestras costas.
Es la crónica periodística minuciosa, detallada, quirúrgica y sumamente dolorosa de cómo la vanidad extrema al volante, la desconexión total con la realidad, el asco irracional por la empatía y la prepotencia narcisista en su estado más puro decidieron, por puro y asqueroso capricho, aburrimiento y diversión sádica de domingo, humillar, ensuciar y destruir públicamente la impecable imagen, el día y el corazón puro de un hombre inofensivo de la tercera edad en plena vía pública.
Pero, afortunadamente para nuestra propia salud mental colectiva, para nuestro desesperado y necesario consuelo espiritual y para nuestra inquebrantable, absoluta y férrea fe en el perfecto, matemático, asfáltico y letal equilibrio kármico del universo; también es el relato electrizante, profundamente necesario, catártico y visceral de cómo la justicia humana contemporánea, encarnada esta vez no en un tribunal lento y burocrático, sino en el rugido ensordecedor de los motores de dos ruedas, en la hermandad de los motociclistas urbanos y en el instinto protector más fiero, leal y veloz, llegó de forma implacable, ruidosa y absolutamente devastadora para cobrar la factura en pleno movimiento.
Acompáñanos en esta extensa, inmersiva, detallada y profunda lectura a diseccionar cada asfixiante, triste y tenso instante de esta confrontación vial y de clases sociales. Desde el repugnante, asqueroso y denso impacto del lodo marrón salpicando contra la fina tela de un traje perfecto, hasta las crueles carcajadas ahogadas por el viento en un auto descapotable; para llegar finalmente al milisegundo exacto, glorioso e inolvidable en que la arrogancia ciega, frívola y cobarde fue fijada en la mira de un justiciero anónimo, conociendo, por primera y última vez en su superficial vida de lujos inmerecidos, el terror puro, físico y paralizante de la justicia callejera implacable que te alcanza a 120 kilómetros por hora.
El Escenario Costero, la Ola de Fango y la Destrucción del Zafiro Impecable
Para lograr asimilar, procesar y comprender verdadera y cabalmente la astronómica, dantesca, aberrante y abrumadora magnitud de la atrocidad emocional, la falta de empatía y la gigantesca falta de respeto cometida esa brillante, despejada y soleada mañana, es estricta, sociológica, moral y narrativamente imperativo detenernos a observar con extremo, quirúrgico y meticuloso detenimiento el contrastante escenario geográfico y a la inofensiva, pacífica y sumamente digna víctima central de este drama humano que nos inyecta rabia pura en las venas.
La magistral lente de la cámara nos transporta de inmediato y nos ubica directamente en las amplias, relucientes y hermosas aceras de una exclusiva, soleada y espectacular avenida costera, flanqueada por altísimas palmeras tropicales que se mecen suavemente con la brisa del océano. El escenario respira paz, lujo y tranquilidad. Sin embargo, en el borde mismo de la acera, como una trampa natural dejada por una lluvia reciente o una rotura del sistema de riego, descansa un enorme, denso y espeso charco de lodo marrón y sucio, acumulando agua estancada y tierra oscura, contrastando groseramente con la pulcritud del entorno.
Justo en este escenario idílico camina nuestro protagonista. Es un hombre mayor, un venerable señor que ha alcanzado con inmensa dignidad la respetable barrera de los sesenta años de edad. Su apariencia física es un absoluto deleite visual, un tributo al buen gusto, al porte clásico, al respeto por sí mismo y a la pulcritud absoluta. Su cabello, completamente blanco por las nieves del tiempo, está peinado meticulosamente hacia atrás, fijado con una elegancia que recuerda a los grandes actores del cine clásico de Hollywood.
Pero es su vestuario lo que eleva la escena a una verdadera obra de arte estética y, posteriormente, a una tragedia dolorosa. Viste de manera sumamente elegante, costosa y refinada: lleva puesto un impecable, estructurado e inmaculado traje de corte cruzado (double-breasted) de un intenso, profundo y bellísimo color azul zafiro. La tela es fina, sin una sola arruga, cortada a la medida exacta de su figura. Debajo, una camisa blanca reluciente que refleja el sol, coronada por una sofisticada corbata de pura seda dorada que aporta un toque de estatus indiscutible. Este hombre no está simplemente caminando; está desfilando por la vida con la cabeza en alto, sintiéndose bien consigo mismo, disfrutando de un hermoso día soleado con la tranquilidad de quien no le debe nada a nadie.
El frágil, hermoso y delicado equilibrio pacífico de la resplandeciente mañana se rompe en mil pedazos, se hace añicos irremediablemente y se destruye de un solo, brutal, rápido y ensordecedor golpe motorizado. A la distancia, el rugido agudo y amenazante de un motor de alta cilindrada rompe la paz. Irrumpe pesada, ruidosa y agresivamente en la escena la figura sumamente tóxica, arrogante, clasista y destructiva de la discordia: un moderno, brillante, costoso y rapidísimo automóvil deportivo descapotable (convertible) de un intenso y agresivo color rojo fuego.
El vehículo no viaja a una velocidad prudente para una zona urbana costera; avanza como un misil fuera de control, devorando el asfalto. El conductor del auto rojo, teniendo toda la amplia avenida a su disposición para cambiar de carril y esquivar el obstáculo de agua, toma una decisión consciente, deliberada, perversa y profundamente sociópata. Al ver al elegante señor del traje azul zafiro caminando cerca del borde de la acera, el auto no se aleja; al contrario, apunta sus pesados neumáticos directamente hacia el centro mismo del denso charco de lodo marrón.
La física de fluidos combinada con la alta velocidad y la infinita maldad humana hacen su trabajo conjunto, macabro y sincrónico de manera instantánea y devastadora. En el segundo exacto en que las llantas del deportivo rojo impactan el agua estancada a gran velocidad, se produce una explosión líquida. Una ola masiva, gigantesca, sucia, densa y violenta de lodo marrón oscuro, agua podrida y tierra asfáltica sale disparada por los aires como un proyectil incontrolable.
Como en una terrorífica, asfixiante y agónica pesadilla proyectada en ultra cámara lenta directamente en nuestras retinas, la pesada ola de inmundicia líquida impacta de lleno, frontal y brutalmente contra el cuerpo del anciano. El lodo denso y oscuro cubre, mancha, absorbe y arruina instantáneamente, de arriba a abajo, el hermoso, impecable y costoso traje cruzado azul zafiro, salpicando su inmaculada camisa blanca y arruinando su corbata de seda dorada. El impacto es tan sorpresivo y violento que el señor de sesenta años se detiene en seco, congelado, con los brazos ligeramente abiertos, los ojos muy abiertos por el shock y la incredulidad, mirando hacia abajo cómo el lodo escurre y gotea patéticamente de las solapas de su arruinado traje de miles de dólares. La dignidad de un hombre ha sido asaltada, pisoteada y ensuciada en un microsegundo de diversión sádica ajena.
Las Carcajadas del Cinismo Absoluto: El Satén Rojo, el Lino Amarillo y el Homicidio Empático a 100 km/h
El cobarde, infame, bajísimo y traicionero acto de violencia vial, daño a la propiedad privada y agresión psicológica infligida a plena, radiante y clara luz del sol contra un anciano completamente indefenso y pacífico es, bajo absolutamente cualquier vara de medir moral, código civil, educación básica o religión existente en la tierra, un crimen ético de bajeza humana imperdonable, detestable y que provoca profundas náuseas. Pero la perturbadora, sombría y trágica escena visual no termina en el lodo; se traslada de inmediato al origen de la maldad, descendiendo con una asombrosa y vertiginosa rapidez hacia un nivel de crueldad sociópata, maquiavélica y sádica que parece sacado directamente de un estudio psiquiátrico sobre el narcisismo extremo.
La lente de la cámara nos introduce de golpe en el interior del habitáculo en movimiento del lujoso automóvil deportivo rojo descapotable. El viento azota violentamente el interior debido a la alta velocidad, revolviendo el cabello de los ocupantes, creando una atmósfera de caos, libertad mal entendida e impunidad.
Al volante de esta máquina de humillar, encontramos a la autora material del ataque: una mujer joven, de unos veinticinco años, de tez bronceada por el sol artificial de los clubes privados. Lleva su cabello castaño claro recogido en una tensa coleta alta que se agita como un látigo con el viento, y oculta la negrura de su alma detrás de unas gruesas, exclusivas y llamativas gafas de sol de montura blanca. Viste un provocativo y ajustado vestido rojo pasión, y sus manos, aferradas al volante de cuero, están cubiertas por unos inmaculados guantes de conducir de cuero blanco, en un contraste irónico con las manos sucias que acaba de dejar en la acera.
En el asiento del copiloto, su eco narcisista, su cómplice activo y el validador sádico de sus peores impulsos: un hombre joven de su misma edad, de cabello rubio corto y tez clara. Su vestuario grita dinero fácil y falta de responsabilidades: lleva una costosa camisa de lino de un brillante color amarillo, dejada descaradamente desabotonada en el pecho, la cual ondea erráticamente con la fuerza del viento exterior. Sus ojos están ocultos tras unas gafas de sol con cristales dorados de espejo, reflejando el sol pero ocultando cualquier rasgo de humanidad.
Frente a la dantesca y triste escena de humillación absoluta que acaban de provocar en el espejo retrovisor, esta arrogante, asquerosa y prepotente pareja de millonarios no muestra en sus estirados, bronceados, sonrientes y cínicos rostros vacíos ni una sola, miserable y minúscula milésima de fracción de segundo de genuino remordimiento, de culpa judeocristiana, de arrepentimiento sincero, de empatía emocional, o de simple, básica, llana y fundamental piedad humana. Su ceguera moral es total, absoluta, aterradora e incurable.
Lejos de sentir vergüenza o intentar detener el vehículo para pedir disculpas o pagar los daños del costoso traje de zafiro, la mujer al volante del vestido rojo, sintiéndose una diosa intocable del asfalto, empoderada por la velocidad y la adrenalina del mal causado, gira su rostro hacia la derecha, estableciendo un contacto visual asquerosamente cómplice, directo y psicópata con su pasajero de lino amarillo. Estalla de manera incontrolable, espontánea y efusiva en sonoras, estridentes e histéricas carcajadas que intentan superar el ruido del potente motor V8 y del viento golpeando el parabrisas.
«¡Mira cómo quedó ese señor, terminó bañado en lodo!», exclama feliz, a todo volumen y a todo pulmón en pleno movimiento, y con una asombrosa y detestable falta de tacto, burlándose de forma abierta, despiadada, cruel, dolorosa, descarada y sin el menor asomo o sentimiento de culpa del intenso daño moral, la vergüenza pública y la ruina material del caballero elegante que dejaron humillado kilómetros atrás. Para ella, arruinar el día y la ropa de un anciano no es un delito; es una victoria, un chiste ingenioso, un momento «divertido» para comentar en su próximo cóctel.
Y el infame hombre de la camisa amarilla, en un alarde imperdonable de estupidez suprema, crueldad cómplice asquerosa y una profunda, aterradora y oscura sociopatía desbordante carente de alma; encuentra la triste y humillante situación inmensamente hilarante y digna de los mayores aplausos. Le devuelve la mirada a la conductora y, riendo a mandíbula batiente, con una sonrisa sádica que demuestra que su brújula moral está completamente rota, valida y festeja el ataque con sus palabras: «Te pasaste, pero no puedo parar de reírme».
Con esta simple, brutal, vacía y venenosa frase llena de soberbia y estupidez, él exonera a la conductora de toda culpa. «Te pasaste», dice, reconociendo que el acto fue excesivo y malicioso, pero inmediatamente anula cualquier juicio moral con su «no puedo parar de reírme». En su retorcido universo de privilegios, la destrucción de la dignidad ajena es un espectáculo de comedia premium. Creen, respiran, asimilan, sienten y palpan con una total, sólida, inquebrantable, ingenua, ignorante y la más absoluta, ciega y rotunda certeza de acero, que su asqueroso, irracional, violento, cobarde y espantosamente vil acto criminal de agresión con lodo, no solo quedará archivado como una anécdota hilarante, sino que pasará a la historia impune, protegidos por el escudo invisible y mágico de su inmensa cuenta bancaria, la velocidad de su auto deportivo y la impunidad del anonimato en movimiento. Están total, monumental, épica, trágica, inmensa y catastróficamente equivocados respecto a cómo funciona el implacable, silencioso, rápido y aterrador universo kármico de las calles.
El Encuentro en la Acera, el Testigo Silencioso y el Despertar de la Justicia Callejera
Mientras los altaneros, estúpidos, perversos, cobardes y arrogantemente ciegos agresores del auto rojo continúan su camino sintiéndose invencibles reyes modernos del asfalto, ignoran por completo, de manera fatal, ciega, imperdonable y absolutamente estúpida, que en las calles de la ciudad, el asfalto siempre tiene ojos vigilantes. Ignoran que cada acción genera una reacción igual y opuesta, y que la impunidad es una ilusión óptica temporal que está a escasos minutos de romperse en mil pedazos contra un casco de Kevlar oscuro.
La narrativa visual, ágil e implacable, nos devuelve rápidamente a la soleada acera de las palmeras. El anciano del traje cruzado azul zafiro, antes inmaculado y orgulloso, sigue allí, petrificado, convertido en un monumento a la tristeza y la humillación. Su ropa destila un pesado y oscuro lodo marrón que mancha no solo la tela, sino su dignidad. Con la cabeza gacha, observando la catástrofe estética y financiera que acaba de sufrir sin motivo alguno, y con un hilo de voz cargado de una profunda decepción hacia la raza humana, pronuncia al aire un lamento que partiría el alma de cualquiera: «Miren lo que me hicieron, arruinaron mi traje».
Es la queja inofensiva de un hombre bueno que no comprende por qué la maldad gratuita lo ha elegido como blanco. Sin embargo, su queja no cae en oídos sordos ni se la lleva el viento del océano. A su lado, habiendo presenciado y absorbido visualmente cada milisegundo de la cruel y asquerosa agresión motorizada, se encuentra estacionada una imponente, pesada y ruidosa motocicleta plateada. Sobre ella, sentada con una postura firme y autoritaria, está el faro de luz en medio de la oscuridad moral de la ciudad: la testigo.
Es una mujer joven, de unos treinta años, de tez morena y un largo cabello negro que ondea libre y desafiante con la brisa marina. Su vestuario no grita lujo vacío, grita resistencia, calle y dureza: viste una llamativa, estructurada y pesada chaqueta de cuero roja estilo motociclista, un top negro y pantalones de cuero. Ella no es una oficinista asustada; es una guerrera del asfalto. Al escuchar el lamento del anciano manchado de lodo, la mujer de cuero rojo gira su rostro, enmarcado por el viento, y establece un contacto visual directo, profundo, empático y sumamente realista con los ojos tristes del señor mayor.
En sus ojos no hay lástima barata; hay una promesa inquebrantable de justicia, una furia contenida y un código de honor no escrito entre los dueños de las dos ruedas. Con una voz firme, clara, decidida y que transmite una seguridad absoluta capaz de calmar cualquier tempestad, le responde y le jura al anciano humillado: «No se preocupe caballero, yo vi todo y esto no se va a quedar así».
Esa frase no es un simple consuelo de cortesía; es una declaración de guerra inmediata. Es el inicio oficial de la operación de cacería urbana. La mujer de la chaqueta roja ha activado, mediante sus códigos internos o sus comunicaciones, a la bestia durmiente de la justicia callejera. Ha enviado la señal de alerta, la descripción del vehículo rojo y la orden de interceptación a la única fuerza en la ciudad capaz de igualar y superar la velocidad de los agresores: la hermandad de los motociclistas tácticos. La impunidad acaba de expirar.
La Ruptura Frontal, el Rugido del Motor y la Ejecución Asfixiante de la Cuarta Pared: El Veredicto Final
La tensa, opresiva, electrizante y verdaderamente épica y monumental escena salta repentinamente del reposo en la acera a la máxima inyección de adrenalina, velocidad y peligro en movimiento. La cámara de cine nos sitúa ahora en medio de la peligrosa y rugiente persecución a alta velocidad sobre la avenida costera. El aire se vuelve un huracán violento, el ruido de los motores ahoga cualquier otro sonido y el paisaje urbano se difumina en un bokeh de velocidad extrema, líneas borrosas y tensión pura.
Dominando el centro del encuadre, persiguiendo implacablemente al descapotable rojo que se ve borroso y diminuto en el fondo intentando huir inútilmente de su destino kármico, se encuentra el ejecutor de la promesa: El Justiciero. Es un hombre rudo de treinta y cinco años, de tez curtida y barba corta, montado sobre una inmensa y poderosa motocicleta negra que ruge como un dragón de metal. Viste la armadura moderna de los jinetes del apocalipsis urbano: una pesada, impenetrable e intimidante chaqueta táctica de Kevlar de un color negro mate oscuro que absorbe la luz, diseñada para soportar impactos de bala y caídas a 200 kilómetros por hora. Sobre su cabeza, un imponente casco de motociclista negro mate, con el visor transparente levantado, revelando sus ojos inyectados en concentración, letalidad y furia justiciera mientras el viento extremo y huracanado azota brutalmente su rostro y su gruesa chaqueta negra.
Él no es un policía sujeto a burocracias; él es el karma armado con un acelerador y frenos ABS. Y en el clímax absoluto de esta cacería de alta tensión, el motociclista justiciero realiza un inesperado, agresivo, desconcertante y sumamente poderoso movimiento metacinematográfico magistral que rompe todas las reglas establecidas de la narrativa y el formato convencional de las persecuciones. Sin soltar el acelerador de su bestia de dos ruedas, en medio de la violenta y ruidosa cacería a más de cien kilómetros por hora, el hombre de la chaqueta de Kevlar levanta el rostro y clava de forma fulminante, implacable, seca y fríamente justiciera sus oscuros ojos directamente en el centro exacto del cristal del lente de la cámara de grabación.
Establece un perturbador, prolongado, asfixiante y ultra realista contacto visual ininterrumpido con nosotros, los espectadores, penetrando de manera violenta, incómoda y profunda hasta el fondo mismo de nuestras propias almas detrás de la pantalla, mientras el mundo se desenfoca rápidamente a sus espaldas. Rompiendo de manera violenta, frontal, física, enérgica y totalmente deliberada la invisible pero hasta ahora sólida cuarta pared de cristal, nos mira fijamente a los ojos a la velocidad del viento. Nos convierte, en una fracción de segundo, de simples mirones de internet a sus cómplices activos, en el jurado popular sediento de sangre kármica y en los testigos VIP de la ejecución inminente que está a punto de desatar contra los estúpidos agresores vestidos de seda roja y lino amarillo.
Con una voz fuerte, ronca, pesada, que intenta sobreponerse al ensordecedor rugido del viento huracanado y del motor de su motocicleta, llena de una inquebrantable promesa de castigo absoluto, doloroso, ejemplar y definitivo, el rudo motociclista lanza un oscuro mensaje, un desafío moral y un grito de guerra urbano. Este mensaje funciona a la perfección algorítmica como el llamado a la acción más épico, retorcido, debateador y absolutamente viral de toda la historia moderna de internet:
«¿Qué deberíamos hacer con ellos cuando los alcancemos? Para saber lo que hice, te dejo la historia completa en el primer comentario fijado».
Y de esta brillante, oscura, maquiavélica, abrumadora, épica y magistral manera narrativa y de neuromarketing digital, tú, querido, expectante, furioso y completamente adicto lector, te quedas total, irremediable, absoluta y voluntariamente atrapado sin salida posible. Quedas paralizado exactamente en la encrucijada psicológica y moral perfecta donde tu curiosidad más oscura y tu inmensa sed de ver justicia divina, violencia kármica extrema, humillación pública y una venganza brutalmente consumada en el asfalto, te dominan y secuestran por completo el primitivo cerebro, controlando la mano sudorosa que sostiene tu teléfono.
El feroz e interminable debate moral y ético se abre de forma brutal, cruda y descarada ante tus propios ojos iluminados por la pantalla: ¿Qué se debe hacer con esa escoria motorizada? ¿Merezcan que les arranquen las llaves del auto y lo arrojen al océano? ¿Merecen ser obligados a bajarse de su lujoso auto rojo, arrastrados por el cuello, sometidos contra el capó ardiente, y obligados a limpiar el lodo del traje del anciano con sus propias manos y su costosa ropa de seda roja y lino amarillo bajo amenazas e insultos? ¿Alguien se atreve a defender la asquerosa «broma» del charco de lodo bajo la estúpida bandera de que «solo fue agua sucia»?
La necesidad física, psicológica, química, celular y visceral de presenciar a toda costa, en un vibrante video sin censura, cómo ese detestable y asquerosamente clasista dúo del auto rojo descapotable son repentina, violenta y sorpresivamente alcanzados, rodeados, bloqueados y emboscados en medio de la avenida por una estampida furiosa de motocicletas pesadas lideradas por el hombre de Kevlar negro, es literalmente una fuerza imparable de la naturaleza. Imaginar el morbo insuperable de ver exactamente cómo estos dos arrogantes e intocables millonarios pasan de las carcajadas histéricas al terror puro, paralizante y agónico; cómo sus sonrisas de superioridad se borran instantáneamente al verse acorralados por jinetes de asfalto furiosos, bajados a gritos de su burbuja de lujo para enfrentar las aterradoras, abrumadoras e implacables consecuencias físicas y morales de sus cobardes actos de la mañana, es un deseo absolutamente devorador e incontrolable que no acepta bajo ninguna maldita manera un simple «no» por respuesta.
Tú, que afirmas tener sangre viva y caliente corriendo a toda velocidad por las venas de tu cuerpo, que sientes la empatía por el anciano del traje azul zafiro arruinado, no puedes, bajo ninguna circunstancia, excusa o escenario posible, permitir que esta historia de abuso clasista quede huérfana de resolución catártica. No te quedes, te lo ruego encarecidamente, con la amarga, corrosiva y pesada indignación retenida y acumulada como veneno en tu estómago, arruinando tu estado de ánimo por culpa del injusto sonido del lodo manchando la dignidad de un hombre bueno.
Tienes la obligación imperiosa, innegociable e indetenible de dirigirte de inmediato, sin demora ni respiro, deslizando frenéticamente tu dedo sobre el cristal táctil hacia la sección de comentarios, y estallar haciendo un rápido, ansioso y furioso clic final en ese largo y oscuro enlace azul fijado en la cima. Atrévete a descubrir, atestiguar, horrorizarte o celebrar el sangriento, colosal, apoteósico y brutal desenlace visual prometido. ¡El motor de la justicia callejera ha rugido al máximo de revoluciones, los agresores están atrapados en la mira, y la venganza perfecta, rápida e implacable sobre dos ruedas está a un solo, glorioso y maldito clic de distancia de proyectarse directamente en tus ojos asombrados! ¡Acelera y no te pierdas el impacto!
0 comentarios